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Año:
2009, Número:9-10

Hablar, esto es lo que
la ciudad ofrece, una ruptura de la soledad,
la formación de una cadena que va enlazando
unas personas con otras, todas acogidas
dentro de un recinto.
(Clara Janés)
s
una mujer, y gran poeta además, Clara Janés,
educada en la mejor tradición cultural de la
Europa de la primera mitad del siglo xx, la
autora del texto más lírico de este número
de Pliegos de Yuste dedicado al tema,
complejo y nada lírico, de la ciudadanía
europea. A su contribución pertenecen las
palabras que encabezan este editorial y que
sintetizan lo que a la ciudad debe nuestra
civilización y, de paso, creemos que también
sirven para simbolizar lo que una asunción
decidida y coherente de la ciudadanía
europea aportaría a los europeos en nuestros
días. En una época difícil en la historia de
España, y de Europa, José Janés, editor
barcelonés y padre de Clara, ejerció la
ciudadanía europea ampliando los horizontes
culturales de los españoles al verter a
nuestra lengua buena parte de la mejor
literatura europea. Acercaba así a los
españoles (¡en la década de 1940!) los aires
de una Europa en convulsión que tanto se
necesitaban aquí para seguir respirando. Fue
su manera de sentir y de participar en las
relaciones y el devenir de Europa y de su
país.
Ese modo tan natural de ejercer la
ciudadanía europea de algunos europeos de la
primera mitad del siglo pasado nos resulta
sumamente interesante en una época tan poco
proclive como la nuestra, pese a su
cosmopolitismo y mezcla de razas, al
abandono de lo nacional a favor de una
entidad supranacional. Se trata de un asunto
del todo necesario que los europeos tomemos
conciencia de ello si queremos llegar a buen
puerto en la aventura histórica en la que
nos hallamos embarcados. Sin embargo, asumir
un estatuto de ciudadanos no es algo fácil
en estos momentos. Desde su lúcida y erudita
atalaya de filósofo Félix Duque abre
verdaderas grietas en nuestras certezas
europeístas en las demoledoramente
abrumadoras respuestas a Domingo Hernández
en la entrevista que abre el volumen. Nadie
dijo que hacer Europa fuera fácil, y tal vez
sería conveniente que nos repitamos a menudo
aquella certeza de Monnet de que «en la
construcción de Europa, como en cualquier
gran empresa, los hombres van empujando
delante de ellos los problemas más graves,
dejando a sus sucesores el encargo de
resolverlos»1.
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