::Pliegos de Yuste: Revista de cultura y pensamiento europeos::

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I SSN: 1697-0152 | Fundación Academia Europea de Yuste|

 


Año: 2009, Número:9-10

Hablar, esto es lo que la ciudad ofrece, una ruptura de la soledad, la formación de una cadena que va enlazando unas personas con otras, todas acogidas dentro de un recinto.


(Clara Janés)

s una mujer, y gran poeta además, Clara Janés, educada en la mejor tradición cultural de la Europa de la primera mitad del siglo xx, la autora del texto más lírico de este número de Pliegos de Yuste dedicado al tema, complejo y nada lírico, de la ciudadanía europea. A su contribución pertenecen las palabras que encabezan este editorial y que sintetizan lo que a la ciudad debe nuestra civilización y, de paso, creemos que también sirven para simbolizar lo que una asunción decidida y coherente de la ciudadanía europea aportaría a los europeos en nuestros días. En una época difícil en la historia de España, y de Europa, José Janés, editor barcelonés y padre de Clara, ejerció la ciudadanía europea ampliando los horizontes culturales de los españoles al verter a nuestra lengua buena parte de la mejor literatura europea. Acercaba así a los españoles (¡en la década de 1940!) los aires de una Europa en convulsión que tanto se necesitaban aquí para seguir respirando. Fue su manera de sentir y de participar en las relaciones y el devenir de Europa y de su país.
Ese modo tan natural de ejercer la ciudadanía europea de algunos europeos de la primera mitad del siglo pasado nos resulta sumamente interesante en una época tan poco proclive como la nuestra, pese a su cosmopolitismo y mezcla de razas, al abandono de lo nacional a favor de una entidad supranacional. Se trata de un asunto del todo necesario que los europeos tomemos conciencia de ello si queremos llegar a buen puerto en la aventura histórica en la que nos hallamos embarcados. Sin embargo, asumir un estatuto de ciudadanos no es algo fácil en estos momentos. Desde su lúcida y erudita atalaya de filósofo Félix Duque abre verdaderas grietas en nuestras certezas europeístas en las demoledoramente abrumadoras respuestas a Domingo Hernández en la entrevista que abre el volumen. Nadie dijo que hacer Europa fuera fácil, y tal vez sería conveniente que nos repitamos a menudo aquella certeza de Monnet de que «en la construcción de Europa, como en cualquier gran empresa, los hombres van empujando delante de ellos los problemas más graves, dejando a sus sucesores el encargo de resolverlos»1. 
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