A pesar del clima de paz europeo, la
continua prosperidad económica y los
avances en materia jurídica y social, en
la nueva Europa las cosas no marchan del
todo bien. El voto de rechazo al Tratado
de Lisboa por parte de los irlandeses, en
junio del 2008, ha vuelto a poner en la
mesa de discusión la viabilidad del
proyecto. La actitud de los irlandeses ha
demostrado, al menos por tercera vez
consecutiva , que cuando se consulta
directamente a los ciudadanos acerca de
“el futuro de Europa” —ya sea la
Constitución o el Tratado— el resultado es
negativo. No está de más recordar que no
existe democracia que se mueva con soltura
y dignidad ahí donde el plebiscito se
convierte tabú.
Muchos se preguntan y debaten alrededor de
la pregunta: ¿Qué ha fallado en la Unión
Europea? ¿Qué hay detrás del voto
negativo? Si bien en la Unión Europea ha
demostrado una eficacia ejemplar para
generar prosperidad y crecimiento en «les
choses matérielles» no ha tenido los
mismos resultados en «les choses humaines
et les intangibles». Se atribuye a Monnet
aquella frase proverbial de «Si c’était à
refaire, je commencerais para la culture»
, dicha al final de la vida y por lo tanto
con la sabiduría de la reflexión que dan
los años, y en la que muchos han querido
sustentar la idea de que la cuestiones
culturales han sido una de las
«asignaturas pendientes» de la UE.
Catherine Lalumière ha comentado la
fragilidad que tuvo, de origen, el tema
cultural en la agenda europea : “Dans le
Traité de Roma (1957) il n’y a pas a mot
sur la culture (…) jusque’au Traité de
Maastricht [1992] qui abord enfin la
question, [mais] la action culturelle
resta très modeste”. Más allá de toda
connotación fatalista en la que Monnet
hubiese previsto en la cultura como la
fisura olvidada que tarde o temprano daría
problemas al resto de la estructura, lo
cierto es que la frase deja entrever que
en la nueva Europa el predominio económico
ha operado en detrimento de otros aspectos
considerados baladíes o no prioritarios.
Tanto así que muchos, como Antonin Liehm ,
dudan incluso de la autenticidad de las
palabras de Monnet: “Me parece difícil de
creer —dice Liehm—. En primer lugar, el
padre de lo que sería la Unión Europea
tenía otras preocupaciones. (…) evitar
para siempre que el carbón y el acero
fueran de nuevo utilizados para construir
máquinas de destrucción (…) [C]ualquier
pretensión de que la cultura fuese la
primera prioridad hubiera sido considerada
fuera de lugar y de mal gusto cuando
millones de personas no tenían ni siquiera
un techo donde cobijarse. En cualquier
caso e independientemente de cuanto
hubiera avanzado en su construcción. La
Unión Europea no hubiera accedido a
escuchar tal sugerencia. Incluso ahora
está poco preparada para escucharla”. (Liehm,
2001). Afortunadamente, las cuestiones
culturales sí han ido adquiriendo en la
Unión Europea mayor cuerpo y sentido en
los últimos tiempos y se reconoce como
piedra angular en la integración de
Europa, aún cuando continúan irresueltas
cuestiones cardinales como la tolerancia a
la diversidad que, como reconoce Ján
Figel´, Comisario de Cultura, ha sido
“fuente de repliegues y miedos” .
Otra «asignatura pendiente» que se ha
señalado con insistencia es el
estancamiento, y en algunos casos
retroceso, de la llamada «Europa social».
Hay sólidas reflexiones de intelectuales y
analistas políticos que consideran que "la
preocupación social está en el corazón del
no", y que el voto de rechazo no procede
de una genuina oposición hacia las
cuestiones puntualísimas de carácter
jurídico o de gestión que se han puesto en
juego en las urnas de consulta ciudadana
durante los plebiscitos sobre la
Constitución o el Tratado de Lisboa. Una
de las hipótesis más señaladas es que
muchos europeos aprovechan la oportunidad
de las urnas de un plebiscito para
expresar su desacuerdo hacia otros
factores, sobre todo en materia de
política social. Es decir, que detrás de
los plebiscitos opera una suerte de «voto
de castigo triangular». En otro Pliego de
Yuste, los académicos europeos advertían
acerca de los riesgos en la UE derivados
por “descuida[r], de alguna manera, su
misión en pro de una Europa social” . La
opinión de la Academia Europea de Yuste
coincide, sin duda, con la de un amplio
porcentaje de ciudadanos europeos
encuestados por el Eurobarómetro 63.4
(2005), aplicado justo después del
referendo francés y danés y que
mencionaron el desempleo (48%) y la
pobreza/exclusión social (44%), como las
asignaturas pendientes de la Unión Europea
que deberían ser consideradas una
prioridad.
La tercera de «asignatura pendiente» más
sugerida por los expertos la podríamos
resumir con la idea de que «El Proyecto
Europeo no ha sido lo suficientemente bien
comunicado a los ciudadanos», al menos no
en toda la complejidad y riqueza de
sentidos. Es común que Comisarios y
miembros del Parlamento expresen su
frustración en el sentido de que muchos de
los avances plausibles que se han logrado
en materia económica, social y cultural
han pasado inadvertidos por las mayorías.
Es decir, que la información no está
llegando hasta quienes se dirige. Lo que
se señala, en el fondo, es que las
estrategias institucionales de la Unión
Europea en materia de comunicación e
información han sido ineficientes. Si
comparásemos el interés que ha suscitado
el tema de las estrategias de información
y comunicación, con los debates acerca de
la «Europa social» o el «rezago de lo
cultural», sería tal vez al que menos
atención se le ha prestado, pero no por
eso es menos importante. Aunque en el
fondo, si se analiza con detenimiento, se
puede decir que las tres «asignaturas
pendientes» están íntimamente
relacionadas.
Al igual que inicial olvido de “lo
cultural”, los estamentos europeos con
relación a la comunicación tomaron forma
hasta el Tratado de Maastricht (1992). Más
adelante, durante el Consejo Europeo de
Niza (2000), se empezaron a llevar a cabo
los primeros debates públicos, pero fue a
raíz del golpe asestado por franceses y
holandeses a la Constitución (2005) cuando
la Unión Europea encendió, por fin, focos
rojos y ponderó la comunicación como un
asunto prioritario en la agenda. Tras un
breve «periodo de reflexión» anunciado en
durante el debate parlamentario del 22 de
junio del 2005 , la Unión Europea
reconoció que el proyecto europeo adolecía
de un problema relacionado con la
comunicación que, peligrosamente, estaba
poniendo en entredicho la «legitimidad» de
la Institución ante la opinión pública
pues se había detectado el crecimiento de
un fenómeno europeo de percepción de
déficit democrático. La Comisión Europea
lo explica de la siguiente manera:
“la percepción de déficit democrático un
concepto que se invoca principalmente para
afirmar que la Unión Europea y sus
instancias adolecen de falta de
legitimidad democrática y que parecen
inaccesibles al ciudadano por la
complejidad de su funcionamiento. Refleja
una percepción según la cual el sistema
institucional comunitario estaría dominado
por una institución que acumula poderes
legislativos y gubernamentales, el Consejo
de la Unión Europea, y por una institución
burocrática y tecnocrática sin legitimidad
democrática real, la Comisión Europea”.
A pesar de la enorme maquinaria de
difusión de información que opera desde el
corazón de Bruselas, los estudios de
análisis de impacto noticioso de la UE
coinciden en señalar que los temas de la
Unión Europea presentan una bajísima
cobertura, tanto en prensa escrita como en
los medios electrónicos. En uno de los
primeros estudios de análisis de contenido
de noticias de la UE elaborado por
Euromedia y Fundesco (1996-1997) se
detectó que los medios audiovisuales
españoles otorgaban un promedio de 2,0%
del corpus de información a los temas
eurocomunitarios. El caso español no era
la excepción, sino la norma: “La escasez
informativa es el patrón común de interés
de los medios de comunicación en
prácticamente todos los países miembros”.
Nueve años después, Pippa Norris (2000) se
encontró con la cifra estancada en el 2,0%
de cobertura. También llegó a la
conclusión de que el problema no sólo era
la reducida cantidad de información en la
prensa, sino la posición marginal que
tenían con relación al corpus de noticias:
“la UE es una especie de relleno
informativo entre la sección política y
los deportes” . Dos años más tarde, De
Vreese (2002) se encontraría con un ligero
descenso en la cobertura, pues durante un
‘periodo de rutina’, las noticias de la UE
ocupaban entre el 1-2% de la agenda
mediática de algunos países del norte de
Europa.
Sin embargo, autores como De Vreese han
señalado que los eventos con mayor
trascendencia económica y política —la
introducción de la moneda euro, las
elecciones al Parlamento, las reuniones
Cumbre, las firmas de los Tratados, los
plebiscitos— suelen propiciar un
incremento de notas informativas dedicadas
al tema de la Unión Europea y también un
reposicionamiento en el corpus de
noticias. No obstante, una vez superados
estos momentos de excepción, la
información acerca de la Unión Europea
entre un sintomático decay lag que podría
equipararse como estado de «sequía
informativa» o «estío mediático». En
opinión de De Vreese, la baja cobertura
procede de una falta de atractivo, porque
“la mayor parte del tiempo la UE no genera
noticias: sólo información”.
Y no sólo eso, si atendemos a los
contenidos de la noticias los resultados
tampoco son del todo favorables para la
Unión Europea. Los estudios aplicados por
Gavin (1998), Senante (1999), Norris
(2000), Euromedia/Fundesco (1996-1997); De
Vreese (2002); González (2003); De Vreese
y Semetko (2004), Ruiz y Sampedro (2005),
y Ruiz, Sampedro y Carriço (2005), entre
otros, coinciden en señalar que las
noticias de la Unión Europea en los medios
informativos adolecen, entre otras, de las
siguientes anomalías:
• Baja visibilidad
• Débil ponderación gráfica
• Deshumanización (falta de «rostro
humano»)
• Falta de emotividad discursiva
• Centralismo hacia Bruselas
• Protagonismo de países de la CEE de
los 9
• Tratamiento noticioso negativo o de
conflicto
• Énfasis temático en las consecuencias
económicas
• Información elitista o
hiperespecializada
El efecto
perverso
Al parecer, esta cadena de anomalías de
índole comunicológico e informativo, de
alguna manera han marcado una zanja entre
la Unión Europea institucional y los
habitantes del territorio europeo. En el
Libro Blanco sobre una Política Europea de
Comunicación se lee que “[e]stá
ampliamente admitido que existe una
distancia entre la Unión Europea y sus
ciudadanos” . Al parecer, este
«distanciamiento» ha tenido un efecto
perverso, utilizando el término no como
adjetivo sinónimo de malévolo sino como lo
plantea Raymond Boudon para señalar los
males involuntarios o consecuencias
contraproducentes y globalmente negativas
y de índole social que escapan de toda
previsión política. La perversión
provocada por la «distancia» ha sido
diagnosticada como «euroescepticismo», que
Pippa Norris explica como una reacción que
“surge inevitablemente entre los
ciudadanos tras el ingreso de sus países
en la Unión Europea”, y que bien podríamos
resumir como una mezcla de apatía,
desencanto (disenchantment) y suspicacia (cynicism).
La Comisión Europea define al
euroescéptico como como “persona opuesta a
la integración europea o que muestra
escepticismo con respecto a la UE y sus
objetivos”. Escepticismo deriva del griego
skeptesthai o “examinar”, describen que su
significado más profundo es “poner en
duda” (DRAE, s.d.). La duda del escéptico,
de acuerdo Bunge, se apodera del
pensamiento cuando la realidad más próxima
y tangible no coincide con lo producido
por las ideas, de manera tal que si algo
no es comprobado en el mundo material se
duda de inmediato de su existencia. Si,
como opina Bunge, “sólo se es escéptico de
aquello que no nos consta que realmente
exista” , la Unión Europea también pudiera
estar padeciendo de un «déficit de
representación», de presencia e imagen en
los medios de comunicación.
¿Los informativos de los medios de
comunicación son los responsables de la
suspicacia y desencanto de los ciudadanos
para con la Unión Europea? Claes de Vreese
responde categórico: No. La manera en cómo
un individuo, grupo social o una
institución es «representada» en los
medios de comunicación es un hecho
altamente significativo que merece una
particular atención. Al respecto, Dyer
(1993) ha señalado que “we are seen
determines in part how we are treated; how
we treat others is based how on how we see
then (and) such seeing comes from
representation”. Las representaciones de
los medios no son el factor unívoco que
interviene en la construcción de la
opinión pública. Como tal lo han
demostrado autores canónicos como Stuart
Hall o García-Canclini cuando hablan de
«lecturas negociadas», esto es, de
receptores activos y críticos que echan
mano de múltiples elementos y
circunstancias para formarse un criterio y
tomar sus propias conclusiones, en el que
intervienen factores psicológicos y
sociológicos, también contextuales.
Basados en un sinfín de estudios de
efectos implementados por la Media
Communication Research —regularmente
basados en análisis de contenido
contrastados con sondeos de opinión— se ha
demostrado que existe correlación o grado
de efecto significativo entre el encuadre
dominante atribuido a un tema por parte de
los medios informativos con la visión más
generalizada que una población dada tenía
sobre ese mismo tema (Iyengar, 1991; Cobb
y Kublinski, 1997; Domke, McCoy y Torres,
1999; Nelson y Oaxley, 1999; Vakenburg,
Semetko y De Vreese, 1999; McLeod y
Detenber, 1999; De Vreese, 2003). ¿Los
medios de comunicación influyen en la
percepción que los ciudadanos europeos
tienen de la Unión Europea? De acuerdo con
los experimentos documentados por la Media
Communication Research, la respuesta es
“Probablemente sí”.
Uno de los mayores escollos de la UE ha
sido una mala relación con la industria de
los medios de comunicación. Una relación
que deambula de la indiferencia a la
tergiversación de la información,
generando alrededor toda clase de
conflictos que, en algunos territorios,
como Reino Unido, se han vuelto crónicos,
por decir lo menos. La UE ha expresado su
frustración acerca del tratamiento
informativo que se le dan a los hechos de
la Europa institucional: “Unfortunately,
amongst the clear and informative reports
lie a large number of stories based on
twisted facts or even lies. The stories
can make entertaining reading, but many
people believe them and often come away
with a picture of the EU as a bunch of mad
'eurocrats’ . (Comisiones Europeas, 2008.
Las comillas son de origen). A estas
noticias que, parten de una verdad para
convertirlas en una gran mentira, han sido
bautizadas como “euromitos”. En opinión de
De Vreese, el mayor obstáculo
comunicológico al que se enfrenta la Unión
Europea con relación a los media es el
criterio periodístico del ‘not news, good
news’. El investigador neerlandés señala
que gran parte de la sequía informativa y
los la fabricación de «euromitos» tienen
origen en el “desconocimiento casi naïf de
los procesos de elaboración de noticias y
del trabajo periodístico, por parte de los
estrategas de políticas de comunicación de
la Unión Europea” (De Vreese, 2003, p. 8).
Sociología de la
prensa
En el fondo, cuando se alude a estos
fenómenos de «déficit informativo» o de
«déficit de percepción de democracia», lo
que realidad sucede es que se está
llamando al estrado a declarar a un tercer
actor involucrado en este desencuentro o
distancia entre los ciudadanos y la Unión
Europea: nos referimos a la prensa. La
Declaración de Schumann, de 1950, ya
reconocía la necesidad de contar con el
apoyo de los medios de comunicación masiva
para “traducir a la opinión pública las
decisiones” económicas, legales y
políticas que empezaban a gestarse como
consecuencia de aquella naciente Comunidad
del Carbón y el Acero. En 1952, Jean
Monnet desarrolló la idea de Robert
Schumann en el sentido de confeccionar una
política informativa destinada a explicar
no sólo a los ciudadanos sino también “a
los propios periodistas” lo que en ese
momento se estaba gestado en Europa. Jean
Monnet sabía que era necesario establecer
una agenda política de información y
comunicación en la que los periodistas
fuesen considerados agentes estratégicos,
eslabones clave, para lograr el engranaje
de cohesión que motivase el entendimiento
y la participación de los ciudadanos.
Históricamente, la prensa, o por lo menos
la prensa libre, ha sido un mediador
social tan imprescindible para la
Democracia como incómodo para los poderes
políticos. El tema no es nuevo. Se han
vertido ríos de tinta sobre ello y son
innumerables los casos en la Historia del
Periodismo en los que unos y otros se han
confrontado, y en las páginas más
sombrías, coludido. A pesar de las
múltiples investigaciones que se realizan
en el mundo con relación a los
tratamientos informativos de las noticias
o la extensa bibliografía existente sobre
los medios de comunicación, la realidad es
que poco se sabe acerca del comportamiento
orgánico, las entretelas políticas,
sociales y de mercado involucradas en el
proceso de difusión de información
noticiosa, y menos aún sobre el reciente
impacto de las nuevas tecnologías en el
proceso de la noticia. Es necesario
ahondar más en los factores contextuales y
condicionantes que operan al interior de
una maquinaria compleja y muchas veces
manipulada por intereses extra
periodísticos, con que se seleccionan las
noticias y el armado de un informativo,
esto es, en cómo se construye la agenda
mediática.
Max Weber (1910) decía que a la prensa
había que investigarla “con tijera y
compás”. En su Sociología de la Prensa ,
alertaba a sus colegas sociólogos de
Frankfurt acerca de la capacidad que tiene
la prensa para crear, influir y
transformar la codiciada esfera pública
(que Weber, en alemán, nombraba con el
vocablo Publizität). En él, Weber
escribiría: “Si hace 150 años, el
Parlamento inglés obligaba a los
periodistas a pedir perdón de rodillas
ante él por el breach of privilege ,
cuando informaban de las sesiones, y si
hoy en día la prensa, con la mera amenaza
de no imprimir los discursos de los
diputados, pone de rodillas al Parlamento;
entonces evidentemente algo ha cambiado,
tanto en la concepción del parlamentarismo
como en la posición de la prensa”. Con su
aguda y visionaria perspectiva
sociológica, Weber instaba a mantener a la
prensa, tanto en sus contenidos como en
sus entresijos políticos, en permanente
estado de observación. Decía,
literalmente, a “[medir] cómo se ha ido
transformando el contenido de los
periódicos, en su aspecto cuantitativo, en
el transcurso de la última generación (…)
entre todo aquello que hoy en día se
publica como noticia y aquello que ya no
se publica. Porque es aquí donde la
situación ha cambiado extraordinariamente.
(…)”.
Lo que Weber advertía era que la prensa,
los medios informativos, ocupaban una
posición singular, privilegiada, en la
arena del juego donde los distintos
actores sociales se enfrentan por ganar
espacio en la esfera pública. Los medios
de comunicación son, todo mundo lo sabe,
un escaparate codiciado que opera como la
mejor antesala para influir en la opinión
de las grandes mayorías. Espacio por el
que se enfrentan los grupos políticos, de
cualquier tonalidad ideológica, así como
los anunciantes, las agencias
informativas, los magnates dueños de los
trust de la comunicación y la sociedad
civil, representada como la faceta
«activa» del público lector o audiencia.
Ciertamente, en esa arena de lucha, la
prensa está obligada a mantener un
equilibrio de intereses, lo cual, hay que
reconocerlo, muchas veces se quebranta y
enloda. No sólo debido a que la prensa se
encuentra bajo las presiones veladas o
francas por parte de los poderes públicos
y privados, sino también por las leyes
internas de la industria.
Tal vez una
de las presiones más agudas son las
ejercidas por las agencias informativas
—cuestión que Weber ya advertía— quienes
finalmente proveen y homogeneízan el
grueso de los contenidos que se publican.
Furio Colombo en sus reflexiones sobre el
Postgiornalismo ha advertido acerca del
limitado espacio de acción que, en
realidad, tiene la prensa, puesto que la
mayoría de la información procede de
fuentes exógenas. El polémico Informe
McBride de la Unesco, de 1976, ya alertaba
acerca del poder ejercido por apenas cinco
agencias informativas internacionales y su
influencia en el concierto mundial de
medios de comunicación. Desde entonces, la
situación de las agencias informativas no
ha cambiado mucho, e incluso la
concentración se ha recrudecido. Las
agencias imponen la agenda de temas, el
tratamiento noticioso, el encuadre de las
imágenes y con ello el discurso, e incluso
una «estética periodística». Se suma,
además, la consabida presión de quienes
ejercen el control de la producción de
celulosa, a lo que se agrega la arena de
competencia con el resto de los medios de
comunicación por ganar la preferencia de
las audiencia, por conseguir la anhelada
fidelidad de abonados y lectores.
Como vemos, en esta arena de lucha, las
empresas de la industria de la información
participan no sólo en calidad de juez sino
también como “parte implicada” en esas
interrelaciones sociológicas que ya
ocupaban y preocupaban el pensamiento
maxweberiano y que hoy en día siguen sin
resolverse. Las corrientes funcionalistas
de investigación del periodismo han
querido ver las lógicas de fabricación,
recepción y consumo de información desde
el punto de vista de la circulación de
mercancías, y a las noticias casi en
términos de commodities. Esto ha derivado
en una penosa trivialización del proceso
sociológico implicado, minimizando las
cadenas de codependencia y complejos
juegos de poder al interior de la
industria de medios de comunicación. La
teoría del Newsmaking ha privilegiado los
códigos de comportamiento cotidiano, el
criterio subjetivo de confección “sobre la
marcha” de una plana periodística o de un
teaser informativo, asumiendo que las
noticias que se seleccionan para ser
publicadas, y las que no, obedecen a una
rutina de decisiones. Es decir, se
describe a un jefe de redacción que opera
como «guardabarreras» (gatekeeper) , y que
selecciona los temas más por motivos
cotidianos y hasta por cuestiones de
disponibilidad de espacio.
Este criterio, no sólo resulta parcial
sino peligroso. Es errático pretender
medir el tamaño de un iceberg sólo por
espacio que le sobresale de la línea de
agua. El jefe de redacción, y en eso si
estamos completamente de acuerdo con lo
que se ha descrito como newsmaking, ocupa
el lugar clave dentro del proceso de
fabricación de noticias, al ser el brazo
que ejecuta el acomodo de las piezas (la
selección y edición de los contenidos, la
ubicación jerarquizada de las noticias,
los famosos “centímetros por columna”
concedidos a una determinada historia, los
refuerzos visuales, etc.). Pero sin duda,
detrás del empleado periodístico pesa la
carga de una “agenda prescrita” por
agentes externos. Esto es: el jefe de
redacción trabaja sobre una realidad
previamente editada, y de la que
probablemente ni siquiera sea consciente.
El medio informativo y el jefe de
información son quienes gestionan la
última etapa de la batalla sociológica por
ganar visibilidad en el codiciado espacio
de la esfera pública (la Publizität
maxweberiana). Vista de esta manera, la
esfera pública que gestionan los medios de
comunicación es un auténtico escenario o
«campo» de lucha simbólica, por decirlo en
términos bourdeanos.
La empresa periodística sabe que su
sobrevivencia depende del grado de acierto
y equilibrio que logre en satisfacer a los
distintos actores y grupos sociales
involucrados. Si se decanta por algún
grupo, pierde lectores. Si otorga
demasiado espacio a la sociedad civil,
pierde espacios para los anunciantes. Si
privilegia a los anunciantes puede ser a
costa de perder colaboradores
intelectuales que aportan prestigio al
medio, y así sucesivamente. Toda empresa
periodística sabe que en el sitio señalado
para el «guardabarreras» sólo puede
sobrevivir un individuo entrenado en la
línea de fuego, avezado en el arte del
reequilibraje de intereses, políticos,
financieros e ideológicos, y que algunos
manejan con una destreza equiparable con
la de un equipo de tramoya que tira de las
poleas y giran paneles para transformar,
en segundos, el escenario en el que de
manera ideal todos estén representados.
Cuando se quebranta ese equilibrio de
fuerzas, por algún lado se reflejan las
consecuencias del desatino: ya sea que se
desplome la credibilidad de un medio
informativo, la erosión de las ventas de
espacios a los anunciantes o la pérdida de
lectores. Pero no sólo eso, tal vez el
daño más grave, irreparable, es que al
alterar el curso natural de la prensa, al
intervenir en sus contenidos, el sistema
violenta, tala, una de las pocas
“biósferas” en donde puede respirar la
Democracia.
In general, by
which means would you prefer to receive
information on the European Union, its
policies, its Institutions?
A través de la nueva DG Communication , al
mando de la ex ministra de Cultura de
Suecia, Margot Wällstrom, la Comisión
Europea ha buscado transformar de raíz las
estrategias institucionales en materia de
comunicación y difusión de información,
con el objetivo de “acercar Europa a los
ciudadanos”. Las nuevas estrategias se han
ido planteando de manera escalonada en
cuatro documentos cruciales: el Plan de
Acción (2005); Libro Blanco para una
Política Europea de Comunicación (2006);
Plan D: Democracia, Diálogo y Debate y
Comunicando Europa en Asociación (2007),
éste último, la síntesis mejor acabada de
los anteriores. Desde la aparición del
Plan de Acción relativo a la mejora de la
Comunicación de Europa (2005) parte de la
idea cardinal de que “communication is
more than information”. Desde entonces la
Unión Europea ha buscado nuevas formas,
medios innovadores y lenguajes más
eficaces para establecer una auténtica
“comunicación bidireccional” con los
ciudadanos, pues ni el portal Europa —el
más grande del mundo—, o los Centros de
Documentación Europea, urbanos o rurales,
diseñados fundamentalmente para contener
documentos y dar servicio a grupos con
necesidades de información altamente
especializadas, habían resultado adecuados
para establecer contacto con las grandes
mayorías:
“[la comunicación bidireccional] es
esencial para una democracia sana porque
la democracia sólo puede prosperar si los
ciudadanos saben lo que ocurre y pueden
participar plenamente”.
La DG Communication ha emprendido
trayectorias no escritas, inéditas, en
materia de gestión de imagen
institucional, que no pasan precisamente
por el tamiz de las empresas de la
industria de la información. Communicating
Europe in Partnership propuso la
implementación de una política de
comunicación diversa y expansiva: “Using
audiovisual media, internet, the written
press, publications, events and
information relays. To have the best
possible impact we need to integrate these
effectively and mobilise all the available
resources in a coherent manner”. La
acción, entonces, se encaminó hacia la
inclusión de la institución dentro de la
Web 2.0, el corazón más vivo de Internet.
En 2007 se puso en marcha el proyecto
EUTube , alojado como canal temático
patrocinado pero dentro del sitio de
intercambio de vídeos YouTube. No hay que
olvidar que la Comisaria de Comunicación,
Margot Wallström, fue la primer
funcionaria europea que decidió publicar
su bitácora on line (weblog), en el que
escribe entradas diariamente sobre
cuestiones tanto políticas como de índole
personal .
Cada vez son más frecuentes las campañas
de marketing político o de propaganda de
todo tipo a través del uso de las nuevas
tecnologías. Ahí están los SMS que envía
Benedicto XVI a los jóvenes católicos de
todo el mundo, o la «Chica Obama»
interviniendo desde YouTube en la campaña
electoral de Estados Unidos. Sin embargo,
los resultados aún no son nada claros. Si
bien es cierto que las encuestas describen
una caída vertiginosa en las audiencias de
televisión por parte de los jóvenes, y de
un incremento en el uso de Internet y de
los móviles, la apuesta hacia los nuevos
entornos de comunicación, como la Web 2.0,
no exime riesgos que deben tomarse en
consideración. Por un lado, la brecha
digital que está dejando a un lado una
buena porción de la población (las
generaciones siglo XX) y por otro, los
usos indeterminados, no previsibles, que
las nuevas generaciones de internautas
harán de las nuevas tecnologías, los
nuevos productos y lenguajes que de éstas
deriven. El uso de la Web 2.0 para fines
de gestión de imagen institucional es una
acción inédita, y su efectividad,
incierta. Según resultados obtenidos por
el Eurobarómetro Audio-visual
Communication (2007), los ciudadanos
europeos aún prefieren “informarse de los
asuntos de la Unión Europea, sus políticas
y sus instituciones” a través de la
televisión (39%), seguido por los
periódicos nacionales (12%), mientras que
los sitios web institucionales de la Unión
Europea apenas fueron mencionados por una
minoría (3%). Con diferencias cualitativas
regionales, la mayoría de los ciudadanos
europeos aseguraron que la BBC es el medio
que, por antonomasia, asocian con las
noticias de la Unión Europea. Por lo
tanto, lo que señalan las estadísticas es
que la Unión Europea no puede prescindir
de la prensa, pues la industria de medios
de comunicación sigue siendo el camino más
certero para llegar a las grandes mayorías
de Europa, con excepción de las islas
mediterráneas —como Grecia o Chipre—, en
donde los indicadores muestran severos
problemas de desinformación e
incomunicación con el resto del
Continente. Tampoco la prensa debe
desdeñar los cambios culturales y nuevos
hábitos de información que los ciudadanos
están emprendiendo hacia la selección de
medios de información menos controlados
(con las ventajas que ello implica, pero
también con los inconvenientes en cuanto a
la fiabilidad de los contenidos) pero que
sin duda otorgan a la información un
sentido más libertario, horizontal, que
permiten de manera estructural una
auténtica comunicación bidireccional.
El futuro de la nueva Europa requiere de
una prensa —de una industria de la
información—, que garantice que todos los
actores sociales estén debidamente
representados en la esfera pública.
Entendiendo que ésta, la esfera pública,
es un territorio que pertenece a la
sociedad en su conjunto y que a ellos les
corresponde gestionar ese espacio con
ética y responsabilidad no sólo por
criterios mercantiles, mucho menos por
intereses políticos coyunturales. Hoy más
que nunca, la Unión Europea necesita estar
completamente segura de que los ciudadanos
que opinan, se expresan y votan están
debidamente informados y que su opinión
obedece a un ejercicio legítimo y
consciente de expresión. Es verdad, los
ciudadanos europeos requieren de más
información y que ésta les llegue de
manera oportuna, sin obstáculos, ni
candados. También se necesita no abdicar
en su condición ciudadana y ejercer en
todo momento “lecturas negociadas” de
representaciones que hacen los medios de
comunicación de todo aquello que es nuevo,
ya sea la llegada de un inmigrante, o la
adhesión de un nuevo país, el aprendizaje
de un nuevo idioma, la adquisición de un
nuevo hábito ciudadano, o el nacimiento de
un nuevo proyecto, aún en proceso, aún
permeable, como es la Unión Europea.
Por eso, tal vez, la gran sociedad europea
de principios del siglo XXI debería
replantearse el camino y asegurarse los
puentes de común entendimiento.
Parafraseando a Monnet, cabría volver a
decir: «Si c’était à refaire, je
commencerais par… la communication».