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Año:
2008, Número:7-8 Comunicación
RELIGIÓN Y COMUNICACIÓN. RETOS Y TAREAS DE
UN RENACIMIENTO CRISTIANO
Xabier Pikaza
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Este trabajo consta de tres partes. La
primera define al ser humano en claves de
comunicación.
El ser humano es comunicación
1. Comunicación cerrada y abierta
En sentido extenso, podemos afirmar que toda
realidad es comunicación, como habían
señalado a lo largo del siglo XX, de formas
distintas y complementarias, unos pensadores
hispanos tan diversos como Amor Ruibal y
Zubiri1. Dentro del campo general
de la relación comunicativa podemos
distinguir dos formas básicas: una
cósmico-biológica (propia de la naturaleza)
y otra histórico-intencional (propia de los
humanos).
La comunicación cósmico-biológica es
más cerrada, fijada de antemano, con
predominio del sistema, es decir, del
conjunto comunicativo, sin que existan
individuos propiamente dichos (conscientes
de sí mismos); por eso, las interacciones
(comunicaciones) se repiten de un medio
constante, conforme a unos patrones
biológicos. Los cambios del conjunto (del
modo de comunicación) son muy lentos y se
realizan por mutación física o genética (por
evolución de los especies en el campo de los
animales). Los diversos elementos cósmicos,
lo mismo que los vivientes (plantas,
animales), se encuentran ajustados a su
entorno, de manera que no tienen conciencia
de su identidad, ni son dueños de su proceso
comunicativo. Se relacionan, pero no lo
saben. Están inmersos en un medio cósmico
y/o vital que sólo va cambiando por
transformaciones materiales o biológicas muy
lentas.
La comunicación histórico-intencional,
propia de los seres humanos, es más abierta.
Ciertamente, los seres humanos están
programados por códigos de tipo
físico-biológico, pero su programa
específico se expresa a través de una
herencia cultural, fundada en la creatividad
y transmisión consciente de individuos y
grupos sociales. De esa forma ha surgido un
tipo de comunicación que no está fijada por
la naturaleza (proceso biológico), sino que
se expresa y despliega en formas culturales,
que pueden crear y modelar (cambiar) unas
estructuras simbólicas de relación
(interacción) por el lenguaje. Ciertamente,
a nivel de naturaleza y biología, los seres
humanos siguen ajustados a su medio, pero,
en otro plano, ellos superan ese ajuste y
cambian (crean y recrean) sus formas de
comunicación individual y social mismo. De
esa forma son históricos, es decir, dueños
de su proceso comunicativo, de manera que
pueden transmitirse posibilidades de vida
que transcienden su nivel biológico2.
Desde ese fondo podemos hablar de realismo e
utopía de la historia. Ciertamente, la
historia es realista, pues rompe las
ilusiones de los soñadores poco atentos a
los procesos sociales, ideológicos y
económicos, como supo K. Marx. Ese realismo
no debe interpretarse en plano natural y
biológico, sino de invención y comunicación,
de creatividad cultural y transmisión
programada de posibilidades de realización.
Pues bien, ese «realismo de la comunicación»
ha desembocado en un sistema de ciencia-capitalmercado
que puede acabar destruyendo a la misma
humanidad. Por eso, sin negar ese realismo
de la historia (sistema) podremos de relieve
la utopía comunicativa de la religión
(y en especial del cristianismo), para decir
desde así que la historia tiene un sentido y
que no se encuentra terminada (en contra de
lo que decía F. Fukuyama, El fin de la
historia, 1992). La historia se puede
cerrar, condenado a los hombres a la muerte
(por éxito del sistema); pero, como iremos
viendo, estamos convencidos de que ella
sigue abierta, en un nivel humano, religioso
y/o cristiano.
2. Historia humana, novedad cristiana
El mismo realismo de la historia, del que
hablamos, implica un tipo de utopía, pues de
lo contrario los hombres no seguirían
viviendo. Por presión biológica y por
afirmación intelectual, el ser humano se ha
«atrevido» a superar el límite de las puras
relaciones naturales, aprendiendo a vivir a
nivel de conciencia y comunicación
intencional. Ésta es su grandeza, éste su
riesgo. Por un lado, el hombre es el más
débil y desajustado de los seres, pues nace
sin respuestas sabidas de antemano. Por otro
es el más fuerte, pues crea (descubre) un
futuro, para alcanzar allí su identidad.
Sólo la búsqueda futura (de sí mismo) le
define y distingue de los otros animales.
La utopía mesiánica (cristiana) es un modo
de afirmar y superar ese realismo de la
historia (del sistema), con un realismo más
alto de comunicación gratuita de la vida.
Ciertamente, hay otros tipos de utopía
religiosa o racional3, pero la
más conocida de occidente es el
cristianismo, que pone de relieve la utopía
creadora, es decir, comunica-dora de los
seres humanos. Esa utopía deriva de la
gratuidad comunicativa o revelación personal
de un Dios «encarnado» en la historia. De
esa manera, lo que podemos llamar realismo
de la historia (de la racionalidad del
sistema) ha de quedar asumido y superado por
la comunicación gratuita de la vida, que los
cristianos simbolizan en forma de
resurrección.
El realismo de la historia puede convertirse
en sistema cerrado de muerte, sin
comunicación verdadera. Pero la utopía de
los cristianos sólo puede existir sobre la
base de la comunicación histórica (gratia
supponit naturam…), como ellos ponen de
relieve en el diálogo inter-religioso4.
Desde ese fondo, en clave cristiana, podemos
reformular el título de un libro famoso de
K. Rahner: más que oyente de la Palabra
(ser que puede escuchar la posible
revelación gratuita de Dios), el ser humano
es oyente y hablante de una historia
comunicativa abierta, que se desborda a
sí misma, recibiendo por gracia (no en
imposición natural), la comunicación más
alta: la palabra o diálogo de Dios5.
3. El humano, comunicación personal
Desde ese fondo pienso que el hombre es un
ser no fijado desde fuera (naturaleza), ni
desde su misma humanidad (sistemas
socio-culturales), sino que debe hacerse a
sí mismo, en proceso de comunicación,
recibiendo lo que es y compartiéndolo con
otros, en un camino siempre abierto.
No estamos fijados al entorno por
naturaleza, no tenemos las respuestas
programadas por biología, ni por sistema.
Hemos superado la inmersión instintiva o
natural en el medio y debemos buscar
nuestras respuestas (formas de vida) creando
y transmitiendo un mundo cultural, siempre
abierto.
Somos comunicación. Ningún continente de la
tierra es nuestra tierra, ninguna zona del
mundo nuestra patria. Nuestra «casa» o
patria es el lenguaje, la historia de la
comunicación: de ella nacemos (de lo que nos
dicen y ofrecen en plano de palabra); en
ella nos realizamos, acogiendo, ofreciendo y
compartiendo un proceso simbólico de
interacción personal, que nos define como
seres en relación. La comunicación es la
fuente de nuestra identidad: en ella somos,
escogiendo nuestro ser; en ella se abre
nuestro destino (no podemos ser de otra
manera, ni volver al cosmos inconsciente).
Quizá podamos distinguir cautro planos. (1)
Somos naturaleza. Por eso nuestra
comunicación sigue arraigada en el proceso
expresivo (expansivo) del mundo físico y del
despliegue de la vida, pues ser es
comunicarse: más que esencia hecha
(entidad fijada, con valor eterno), la
realidad es proceso comunicativo. (2)
Somos naturaleza consciente de sí misma.
Por eso somos comunicación que se sabe y
dirige (regula) a sí misma, elaborando así
nuestra identidad en forma supra-física y
supra-biológica, es decir, cultural. Ser es
comunicamos a nosotros mismos, siendo así
desde y para (con) otros. (3) Somos
«sujetos» de comunicación personal, de
tal forma que podemos afirmarla o negarla,
relacionándonos con otros a un determinado
nivel o cerrándoles la relación (la
palabra). De esa manera, el proceso
(estructura) de comunicación resulta
inseparable de las personas o sujetos que se
comunican, que no varían ya por mutaciones
físicas o biológicas (como en la evolución
de las especies) sino por opción e
intenciones. (4) En ese contexto debemos
afirmar que estamos abiertos a la vida
(a un proceso de comunicación más hondo,
en línea de resurrección) o que podemos
cerrarnos en un sistema de muerte (si
absolutizamos o imponemos un tipo de orden
cerrado, en la línea de lo que el judaísmo
antiguo llamaba idolatría).
Somos seres optantes, que han de
escoger para vivir, pues no tienen una
respuesta vital dada de antemano (por
instinto biológico o cósmico). Somos seres
intencionales: vivientes que se
relacionan con un deseo y/o finalidad. De
esa manera, en nuestro mismo ser y
comunicarnos late un elemento que podríamos
llamar ético (de bien o de mal) y,
sobre todo, un elemento religioso (de
vida o de muerte, como sabe Dt 30, 15).
Quizá podamos decir que la naturaleza es
un proceso comunicativo, pero no lo sabe, no
tiene conciencia, ni puede programar su
comunicación. El hombre, en cambio, es
comunicación que se sabe y se organiza, en
línea ética de bien/mal y en línea
religiosa: al imponer un tipo de relación
sin comunicación personal, los hombres
pueden destruirse; pero ellos pueden
expresarse también como imagen de Dios, en
forma de comunicación dadora de vida.
Comunicación y religión
Como he dicho, el hombre es historia porque
crea, transmite y comparte posibilidades de
comunicación, no sólo en forma limitada (de
cosas o situaciones aisladas), sino en línea
de totalidad o encuentro religioso. En las
reflexiones que siguen quiero destacar, en
perspectiva occidental, algunos momentos de
la creatividad y crisis comunicativa, que
nos permitirán entender mejor la utopía
cristiana. En un sentido se puede hablar de
avance, de manera que los cuatro momentos de
«crisis» se implican y suceden unos a los
otros. Pero en otro se puede hablar de
circularidad, pues el final (comunicación en
plenitud) asume y culmina de algún modo al
principio (matriarcado).
Principio,
matriarcado. Podemos supones que hubo
un comienzo que, de modo general, se
ha expresado en las religiones de la
naturaleza, entendidas en forma de
naturaleza originaria. El conjunto de la
realidad sería en el principio como «madre»,
manadero vital del mundo y de los hombres.
En ese principio incluimos las culturas del
neolítico europeo que parecen divinizar los
poderes maternos del cosmos y en línea
bíblica podría hablarse de un triunfo de
Eva, de la vida divina. La comunicación
fundante, que liga al ser humano con los
poderes del mundo, está simbolizada en clave
femenina. Éste sería el principio de toda
comunicación: la realidad sería un como
útero fecundo, fuente de vida universal.
Al comienzo estaría la madre, la naturaleza
comunicativa (el bonum diffusivum sui de la
tradición naoplatónica). Ella sería rectora
del conjunto social. Los varones realizarían
una función subordinada: no serían
portadores de vida, ni signo de Dios, pues
lo divino aparece vinculado más bien a la
«diosa» originaria, madre de todos los
vivientes (cf. Eva en Gen 3, 20). Este
esquema parece «proyección» idealizadora de
la madre, pero su visión nos sirve como
referencia para todo lo que sigue, pues la
madre es la primera comunicación6.
Primera crisis: patriarcalismo religioso
Parece vinculado al surgimiento de las
religiones de los pueblos conquistadores que
divinizan los poderes de la guerra. En torno
al 3000 a. de C., entre Europa y Asia,
triunfaron unos grupos guerreros, dirigidos
por varones (a los que a veces se llaman
turganes), que han cambiado las formas
anteriores de vida y conciencia matriarcal,
divinizando los signos patriarcalistas de la
guerra. Los dioses de estos pueblos, que se
han expandido como dominadores
(especialmente, en perspectiva más
occidental, los indoeuropeos y/o semitas),
representan el poder de la fuerza, la
conquista masculina. Ellos han destronado a
la diosa, colocando en su lugar los signos
cósmicos y humanos de su violencia
triunfadora. Normalmente se vinculan al
cielo, con el rayo y la tormenta; suelen ser
reyes guerreros, violadores y organizadores.
El signo fundante (divino y/o racional) de
la comunicación no es ya madre dadora de
vida (diosas), sino un tipo razón que se
expresa y realiza por la guerra (padre de
todos los dioses, como sabe Heráclito. La
palabra de los dioses masculinos del cielo
es el rayo, su razón el sexo. Ellos avalan
el racionalismo masculino posterior de las
culturan vencedoras que dominan el mundo por
la muerte. En este contexto, en vez de la
sangre materna (fuente de vida) triunfa y se
impone la sangre masculina de la guerra,
simbolizada y ritualizada por los dioses y
sus sacrificios (asesinato originario)7.
Estos dioses y sus representantes (reyes,
guerreros, sacerdotes) viven de matar y
dominar a los demás. De esa forma ponen en
el centro de la conciencia el signo de la
muerte. Ellos (y los pueblos que les
adoran), han logrado conquistar el mundo.
Nosotros, indoeuropeos y semitas (y en algún
sentido todos los pueblos «modernos») somos
sus herederos. Hemos triunfado a costa de la
madre (es decir, del diálogo de fondo de la
vida). Ahora, tras cinco milenios de triunfo
masculino, podemos quizá mirar hacia atrás,
para recuperar el aspecto femenino y/o
materno de la vida, superando así la razón
de la violencia8.
Segunda crisis. Tiempo-eje y religiones
clásicas
En un momento dado, entre el VII y V a. de
C., reinterpretando y superando el
patriarcalismo de las religiones politeístas
y guerreras, en China, India, Persia, Israel
y Grecia ha ido surgiendo un tipo de
conciencia-religión de carácter más
«humano», que (en sus formas originarias o
en sus expansiones: budismo, cristianismo,
Islam) se ha extendido luego por casi todo
el mundo. Estas culturas, vinculadas por una
nueva racionalidad y una más alta valoración
del ser humano, han abierto caminos de
organización social y religiosa por los que
seguimos avanzando todavía9.
En esta perspectiva, la historia humana no
avanza a través de una «cultura única», sino
a través de un abanico de
culturas/religiones, que no son subordinadas
ni paralelas, sino complementarias, como los
colores del arco iris. Todas las grandes
religiones y culturas que se siguen
extendiendo por el mundo (occidente europeo
y americano, India y China, bloque árabe y
malayo, Japón y naciones del
lejano oriente) pueden sentirse aquí
representadas. Eso les obliga a mantener un
diálogo universal,
por encima de las diferencias que separan a
oriente de occidente, a las religiones de la
interioridad y de la historia. A pesar de
ello, algunos piensan que, cerradas en sí
mismas, estas culturas
post-axiales
resultan incapaces de establecer un diálogo
universal, pues siguen reprimiendo el
aspecto materno-femenino de la vida y porque
no todas han logrado descubrir el valor
personal, insustituible, del ser humano, ni
promover un diálogo de tipo personal. Por
eso haría falta superar el nivel del
tiempo-eje.10
Tercera crisis. Mesianismo cristiano y valor
de la persona
Como he dicho ya, he querido situarme en una
perspectiva cristiana. Es evidente que otros
pueden (y deben) trazar su camino desde
otras perspectivas, como pueden ser la del
judaísmo moderno y el Islam, la de budismo y
el neo-hinduismo o neo-taoísmo. Ya desde
aquí, y sobre todo en la tercera parte de
este trabajo, he querido entender y
explicitar el cristianismo como experiencia
y tarea de comunicación. Así puedo hablar de
una crisis del cristianismo, que asume la
experiencia del profetismo israelita,
poniendo de relieve la trascendencia de Dios
y el valor de los seres humanos, que son
«absolutos» (personas) por su comunicación
con Dios y con otros seres humanos, como
seguiré indicando11.
De esa manera, el (judeo-)cristianismo ha
introducido en la historia de las religiones
el descubrimiento del valor absoluto de la
comunicación personal entre los hombres.
Según eso, Dios no se encuentra fuera, no
está arriba, ni en la totalidad del cosmos,
ni en la pura interioridad de las personas,
sino en su «entre», es decir, en la misma
comunicación de los humanos. Por eso, como
seguiremos indicando, el cristianismo no es
«algo» (un dogma, un misterio) que se
comunica, sino la misma comunicación.
Cada humano es persona, es valor absoluto,
pero no cerrado en sí, sino al comunicarse,
de manera que puedo afirmar que «soy Dios»
para los otros. Pero, al mismo tiempo, cada
persona humana se presenta como un absoluto,
no por su grandeza (como rey o sacerdote),
sino por su misma fragilidad (en cuanto
pobre), de manera que el cristiano puede
afirmar (con Mt 25, 31-46) que el
hambriento, el perseguido o enfermo «es Dios
para mí». Cada uno es único: no es simple
parte de un todo cósmico, ni puro elemento
de un grupo social, ni momento en el
despliegue espiritual del alma. Cada uno es
absoluto, pero absoluto en comunicación, de
tal manera que en el plano humano no se
puede ya hablar de comunicación de cosas (ni
de sabidurías o pensamientos), sino de
personas, como saben otras religiones, pero
como, según nuestra visión, lo ha destacado
de un modo especial el cristianismo. Sobre
ese fondo se asientan las reflexiones que
siguen12.
Cuarta crisis. Racionalización y
oscurecimiento
moderno
Viene de atrás (algunos dicen que proviene
del racionalismo griego) pero sólo ha
triunfado y se ha expandido del todo en
occidente (siglo XVIII-XIX) y luego en todo
el mundo (desde el siglos XIX-XX). Ésta
crisis de racionalización se ha expresado no
sólo en el nivel teórico (pensamiento), sino
especialmente en el plano de la ciencia,
economía y política. El ser humano ha venido
a presentarse como sujeto agente, capaz de
organizarse y dominar el mundo de un modo
racional, centrando su vida en la producción
y consumo de bienes (empresa, capital,
mercado).
Ser racional significa atreverse a pensar de
un modo organizado y práctico, interpretando
el pensamiento claro (formulado de un modo
matemático) como expresión de verdad
suprema, sin necesidad de Dioses o señores
exteriores.
Ser racional significa asumir el poder del
propio pensamiento, entendido como capacidad
de actuar sobre las cosas. En otro tiempo,
el hombre habitaba en un mundo sagrado,
organizado en sí mismo, de manera que las
posibilidades de su actuación (de su
técnica) venían marcadas por la misma
naturaleza. Ahora es el hombre el que domina
por su razón sobre la naturaleza, viniendo a
presentarse como dueño y señor de las cosas
(que él domina y organiza). El hombre ha
venido a sentirse de esa forma dueño y
señor, en un proceso que se expresa en la
«conquista» técnica del mundo y en el
desarrollo de una economía racionalizada
(capitalismo), con los riesgos que ello
implica.
Ese proceso de racionalización nos ha dado
un gran poder (ciencia) y una gran riqueza
(capital), pero nos ha hecho correr el
riesgo de destruir el mundo (de envenenar y
malgastar sus recursos), matando de esa
forma a nuestra madre tierra, de la que
provenimos, y de destruirnos a nosotros
mismos (opresión de las mayorías). Hemos
creado una economía racionalizada, centrada
en el despliegue y triunfo del capital, con
inmensos bienes de consumo, de manera que
muchos han empezado a pensar que somos,
sobre todo, unos consumidores. Pero ese
proceso ha causado también un
empobrecimiento de gran parte de la
población mundial, que ha empezado a vivir
en límites de muerte. Han crecido de forma
casi infinita los «medios» de comunicación
(sobre todo en el plano técnico y virtual),
pero corremos el riesgo de destruir la
comunicación humana, de persona a persona.
Por eso queremos postular e iniciar un
«nuevo comienzo», que relacionaremos después
con el cristianismo. O creamos formas nuevas
de comunicación humana o nos destruimos13.
Plenitud, nuevo comienzo. La verdad
comunicativa
Esta crisis de racionalización y
oscurecimiento no es una incapacidad de
comunicar algo que existiría ahí fuera
(de un modo objetivo, independiente), como
si hubiera mucha agua, pero faltaran las
cañerías y acequias para conducirla a todos
los huertos. En nuestro caso, ese «algo»
(agua) que se debe comunicar es la misma
comunicación.
Hemos dicho que al principio hubo madre,
pero sólo hay madre si ella «da» o, mejor
dicho, «se da». Nosotros, hombres y mujeres
occidentales del siglo XXI, hemos aprendido
a producir «bienes de consumo», pero no
hemos aprendido a darnos en sentido
personal, no hemos aprendido a comunicarnos,
compartiendo no sólo los bienes que
producimos, sino comunicando y compartiendo
nuestra propia vida, pues hemos dicho que
ser es comunicar, de manera que lo que no se
comunica no existe.
Miradas las cosas desde la razón técnica,
hemos aprendido a trabajar de forma
organizada, produciendo bienes de consumo
suficientes para el conjunto de la
humanidad. Pero no hemos queremos compartir
esos bienes, porque no sabemos (y no
queremos) comunicarnos a nosotros mismos.
Ésta es la crisis, el reto supremo de
nuestra humanidad. O aprendemos nuevamente a
ser comunicando lo que somos, y descubriendo
con el cristianismo (y quizá con otras
religiones) que la vida es don que sólo se
posee en la medida en que se de, o corremos
el riesgo de destruirnos a nosotros mismos.
Éste no es un problema del cristianismo como
religión separada de la vida, sino que es un
problema «de vida» o, mejor dicho, el
problema de la vida. O Aprendemos a
comunicarnos de manera humana, poniendo los
bienes del mundo y nuestra vida (nuestro
ser) al servicio de los otros, en forma de
comunicación personal, o podemos destruirnos
sobre el mundo (destruyendo incluso el mismo
mundo).
Algunos pensadores (en la línea de M.
Heidegger) han hablado de «crisis
ontológica» (olvido del ser). Yo diría que
es una crisis religiosa, como supieron Buda
o Jesús: no somos capaces de dar y compartir
la vida. Los signos de esta crisis son los
«ídolos» (encarnaciones de un poder
dominador) que nos llevan a la adoración de
lo que no es vida (el poder en cuanto tal) y
a la destrucción de los demás. En este
momento, la gran tentación del «poder», es
decir, el ídolo supremo de la humanidad ya
no es el oro, como signo riqueza externa (mamona),
ni tampoco el estado, como racionalización
social impositiva, sino un tipo de razón
dominadora, que es instrumento de
producción, consumo e imposición de unos
sobre otros, que algunos vinculan con lo
diabólico14. Éste es el nuevo
poder, por encima del dinero y del estado,
de los bienes materiales y la ciencia
antigua: hemos entrado en la «galaxia» de
una comunicación universal, que puede
ponerse al servicio de la imposición y el
dominio de algunos (con la destrucción final
de la misma comunicación) o que puede
ponerse al servicio de la comunión humana,
en la línea de eso que he llamado la «verdad
comunicativa». En este contexto de verdad
comunicativa puede darse el «nuevo
comienzo», la auténtica «madre» de la vida
que se regala y comparte. (a) Éste es el
lugar del máximo riesgo, el lugar donde
pueden explotar las grandes bombas
destructoras de lo humana (bomba atómica, de
manipulación genética, del enfrentamiento o
lucha de todos contra todos). Aquí los
hombres se pueden destruir por falta de
comunicación, por impulso de dominio de
algunos (o del sistema) sobre todos. (b)
Pero éste es también el lugar donde, dotado
de máximos poderes, el hombre puede venir a
convertirse en hermano y amigo de otros
hombres y mujeres, iniciando con ellos un
camino de humanización compartida, un nuevo
nacimiento.
Todos los momentos de la historia humana son
cruciales, pero el nuestro es especialmente
crucial. Nos hallamos ante el dilema
decisivo. O retomamos en un nuevo nivel los
valores del origen (la humanidad materna) y
la aportación de las religiones (en nuestro
caso, del cristianismo) o nos destruimos,
volviéndonos inviables como humanidad. Sólo
en esta segunda línea podemos vivir, pues la
verdad y razón del ser humano se expresa en
la apertura a los demás.
Pensar es comunicar:
decirse y compartir, dialogar, en un proceso
donde los humanos son diciéndose a sí
mismos. Por eso, tenemos que invertir el
riesgo de la
crisis racionalista,
para convertirla en
revolución comunicativa.
Por vez primera nos sabemos dueños de la
comunicación: somos los que decimos (lo que
nos decimos y compartimos, en camino abierto
por la gracia de Dios). Estamos ante la
crisis final, que retoma, en otro plano, los
valores y riesgos de la madre del principio,
que ahora no aparece como diosa femenina,
biológicamente engendradora, sino como
espacio y camino de encuentro compartido. La
verdadera madre de los hombres es la
comunicación15.
El cristianismo es comunicación. Siete tesis
El cristianismo no es «algo objetivo» que se
comunica (un contenido externo), sino que su
verdad se identifica con su forma de
comunicación, de manera que el dogma
cristiano (ortodoxia) resulta inseparable de
la comunicación humana, en un nivel de
conocimiento y afecto (ortopraxia). Pues
bien, desde este fondo, invirtiendo de algún
modo lo que he dicho en el apartado
anterior, en contra del pesimismo de
aquellos que hablan de una caída de los
valores occidentales e incluso de la muerte
del cristianismo, pienso que la evolución
histórica de los últimos decenios puede
resultar positiva, pues nos ayuda a vincular
cristianismo y comunicación.
Como vengo diciendo, somos aquello que
recibimos y damos, aquello que comunicamos y
dialogamos. Desde ese fondo quiero afirmar
que el cristianismo, religión del amor por
excelencia, no debe tener miedo ante la
crisis actual, sino que debe aprovecharla
para poner de relieve que la comunicación de
amor constituye el centro de la utopía del
evangelio. Se ha venido diciendo que el
progreso es el nuevo nombre del amor, otros
han afirmado que el verdadero amor humano es
la justicia. Sin negar eso, aquí
supongo que el amor cristiano es la
comunicación integral, anunciada y vivida
por Jesús.
Ciertos grupos eclesiales quieren una
restauración cristiana. Suponen que un
tipo de ilustración antigua (siglos
XVIII-XIX) y de secularización actual (siglo
XXI) es contraria al evangelio. Siguen
pensando que la modernidad se ha rebelado
contra Dios y que el cristianismo ha sido
negado o desterrado de la sociedad. Por eso
quieren en el fondo una restauración. Pues
bien, en contra de eso, he de afirmar que no
podemos limitarnos a recuperar unos
«valores» pasados, que quizá fueron buenos
antaño, pero que no responden a la raíz del
evangelio, ni a los problemas reales de la
humanidad de nuestro tiempo.
No puede haber restauración, como pura
recuperación del pasado. El cristianismo,
como utopía evangélica y recuerdo de Jesús,
no ha muerto, lo que está desapareciendo es
un tipo de cristiandad. Eso significa que el
cristianismo no debe renacer, pues ya ha
nacido una vez y sigue vivo en nuestra
historia. Ha muerto un tipo de cristiandad
occidental y no podemos resucitarla. Pero la
raíz del evangelio y la utopía de Jesús
sigue viva. Pues bien, esa utopía de Jesús
no es un «hecho objetivo», algo que está
fuera, como una realidad física, sino la
misma comunicación mesiánica: que
entendemos como experiencia y despliegue de
humanidad. Teniendo eso en cuenta y
partiendo de la visión del cristianismo como
don y experiencia de comunicación, quiero
ofrecer unos caminos o tesis que pueden
marcar el sentido de su singularidad,
interpretada en forma de comunicación16.
1. Religión
La comunicación social y religiosa van
unidas. Desde el comienzo de la historia, la
construcción de la su realidad social se ha
hecho en clave religiosa.
La experiencia religiosa no es de
tipo irracional (en la línea de R. Otto), ni
puede desligarse de otras formas de relación
social (humana). Lógicamente, la
comunicación cristiana (religiosa) debe
penetrar en la red de relaciones humanas
para fecundarlas. La experiencia religiosa
no es algo exterior, sino que forma parte de
la misma vida humana; no es algo marginal en
ella, es su verdad fundante, en forma de
palabra.
Así lo suponen las tesis clásicas de P.
Berger y Th. Luckmann y las concepciones de
R. Girard17. En formas distintas
pero convergentes, ellos han supuesto que
los hombres se han comunicado de manera
radical en claves de experiencia religiosa,
pues, en clave de profundidad, la
comunicación humana rompe el modelo de los
intercambios naturales (por reacciones
físicas o biológicas) de los seres
anteriores (incluidos los animales) y se
expresa en rasgos que pertenecen al plano
del misterio religioso. Desde este fondo
podemos asumir el sentido de la
secularización moderna:
No se puede negar la existencia de una
secularización. Ya no vivimos en un
mundo religiosamente «encantado»: hemos
salido del jardín mágico del comienzo de la
Humanidad, de manera que vivimos sobre un
mundo sin dioses y nuestra comunicación es
simplemente racional o humana (no sacral).
Pero, en otra perspectiva, la misma
comunicación secular es religiosa, pues la
religión no es algo exterior al hombre, sino
la misma comunicación: que los humanos
pueden escucharse y dialogar, desplegando su
en libertad, en donación, en amor gratuito.
El mismo amor mutuo, eso es Dios en los
humanos. Así decimos que la religión es la
misma profundidad comunitaria (dialogal) de
la cultura. Por eso, el proceso de
secularización no es contrario al
cristianismo. Lo contrario al cristianismo
es la falta de comunicación o la
comunicación de tipo impositivo, la falta de
amor al prójimo18.
2. Israel como Antiguo Testamento cristiano
La experiencia religiosa del antiguo Israel
ha sido comunicativa, pero no universal. Por
eso, el cristianismo la toma como un Antiguo
o Primer Testamento.
Las religiones han sido y son procesos de
experiencia comunicativa. Lo divino
(incondicionado, fundante, numinoso) se
revela y realiza como relación y diálogo.
Por eso, más que irracional, Dios es
principio de diálogo, fundamento y sentido
de todo encuentro interhumano. Desde ese
fondo, podemos dividir las religiones
conforme a su amplitud comunicativa
(humana). Será perfecta (culminada) aquella
que funda y potencia un diálogo universal.
La religión israelita ha sido en principio
un proyecto de comunicación universal: la
unidad y trascendencia de Dios tiende a
explicitarse en forma de apertura
comunicativa hacia todos los pueblos, de tal
forma que Dios hará que todos ellos pueblos
se vinculen y dialoguen sobre el Monte de
Sión, en paz mesiánica y/o transparencia
interhumana. Pero esa apertura aparece por
ahora como un horizonte utópico
(escatológico): el proyecto comunicativo de
Israel no puede expandirse por ahora a todos
los pueblos. Por eso se concretan y crean,
sólo para el pueblo de Israel, unas formas
especiales de comunicación interna, en clave
de Ley, que les distingue de otros pueblos.
De esa forma, la nación israelita tiende a
cerrarse en sí misma, suscitando formas muy
precisas de unidad nacional que les separan
de todos los restantes pueblos de la tierra.
Lógicamente, desde la perspectiva de la
universalidad cristiana, el judaísmo es
Antiguo Testamento, pues cree que el tiempo
de la comunicación universal no ha llegado
todavía. Los judíos piensan que «no ha
llegado todavía el tiempo» de la comunión
religiosa plena, pues seguimos tiempos de
lucha mutua. Todas las formas de
universalidad actual son totalitarias y se
encuentran condenado al fracaso19.
3. Mensaje y vida de Jesús
Cuando Jesús anuncia la llegada del reino de
Dios y lo inicia con su vida está anunciando
e iniciando el cumplimiento de la
comunicación universal.
¡Vendrá Dios!
decían los judíos; mientras tanto, ellos
deben mantener la estructura del pueblo,
fieles a la Ley que el mismo Dios nos ha
dado para el tiempo de la espera. ¡Ha
llegado ya! dice Jesús: expresemos por
tanto su venida; vivamos a partir de su
presencia. Esta palabra (¡Ha llegado!: Mc 1,
14-15 par) expresa la novedad radical del
cristianismo, entendido como experiencia
presente, teológica y humana, de
comunicación universal. Por eso, el
cristianismo no es religión «sacralizante»
(no santifica el ser actual del mundo), ni
de interioridad (salvación del alma), sino
experiencia de apertura comunicativa, que
Jesús ha iniciado con su vida y ha
ratificado con su muerte.
En esa línea, podemos afirmar que el
evangelio es la culminación del proceso
comunicativo, pero no como historia que se
cierra en lo ya conseguido, sino como nuevo
comienzo o «mutación» humanizadora. Eso
significa que el tiempo se ha cumplido:
ha terminado el proceso de la espera, puede
vivirse en plenitud la transparencia
dialogal. Dios no promete su llegada, sino
que ¡ha venido ya!, expresando en
este mundo su verdad definitiva, es decir,
la comunicación de amor entre todos los
hombres. Esta apertura universal no es una
simple declaración de principios, sino un
camino iniciado por Jesús. Desde el centro
de la historia (como un grano de mostaza,
simiente sembrada en la tierra) él ha
anunciado la culminación universal de la
obra de Dios. Externamente, su obra parece
pequeña (anuncia la llegada de Dios, cura a
los enfermos, acoge a los marginados), pero
ella ha de entenderse como una mutación
antropológica, la afirmación de que
todos los hombres y mujeres pueden
comunicarse de un modo gratuito, dándose la
vida y compartiéndola unos con otros.
Jesús abre un camino de diálogo entre todos,
a partir de los marginados y humillados de
su tiempo. No emplea para ello ningún tipo
de violencia externa, no vincula a los
hombres y mujeres por dinero o a través de
un tipo de poder. El principio y contenido
de la unión que él ofrece es la palabra. De
tal forma realiza esa tarea que los
evangelios le presentan como Palabra:
Comunicación total para (entre) los humanos
(cf. Mc 4, 1-20 par; Jn 1, 1-18).
Así podemos decir que Jesús es
«comunicación» (Palabra Encarnada). Él es lo
que dice: ofrece dignidad y salud (capacidad
de palabra) a los marginados (cojos, mancos,
ciegos, leprosos, paralíticos…), haciéndoles
capaces de vincularse en Dios y desde Dios,
de un modo total (en la nueva humanidad
reconciliada). De esa manera ha comenzado a
realizar su proyecto religioso (humano) de
comunicación sobre la tierra20.
Jesús asume y actualiza así en su vida
aquello que los israelitas esperaban para el
tiempo mesiánico: encarna la
Palabra (amor universal) de Dios en forma de
comunicación (amor) interhumano. Otros
grupos judíos sabían ya que el amor de
Dios y de los hombres se implican, de manera
que en el fondo son inseparables. Pues bien,
Jesús ha expresado y encarnado esa
apertura iniciando desde Israel un camino de
comunicación universal (¡llega el reino!)
que es, por un lado, acción humana
(compromiso de comunicación de todos los
hombres), y, por otro, es manifestación de
Dios que se revela allí donde los humanos se
vinculan en gratuidad de mesa y casa
compartida21.
4. Muerte y resurrección de Jesús
El proyecto de Jesús ha sido combatido por
los poderes establecidos, que le han matado;
resucitando a Jesús, Dios ha ratificado el
proyecto y camino de comunicación de Jesús.
El proyecto y camino de comunicación de
Jesús, que abre un espacio de vida en
dignidad y amor a los antes marginados
(enfermos, pobres, pecadores…), ha suscitado
el rechazo de los poderes establecidos que
controlan la comunicación nacional
(sacerdotes) e imperial (romanos). Para
mantener sus privilegios, impidiendo el
acceso de los pobres a la vida compartida,
en nombre de su «dios» establecido, los
poderes fácticos mataron a Jesús. Pues bien,
al resucitar a Jesús, Dios no se venga de
aquellos que le mataron, sino que ofrece, a
ellos y a todos, el mismo camino de
comunicación que anunciaba Jesús, encarnado
ahora de un modo total en su persona,
elevando para ello a los antes oprimidos y
ofreciendo palabra a quienes no tenían
acceso a la palabra.
La muerte de Jesús no ha sido sólo el
asesinado de un inocente más (aunque él lo
haya sido), sino la muerte de aquel inocente
que había querido abrir para todos los seres
humanos un camino de comunicación universal.
Lo que estaba en juego en su muerte no ha
sido la vida de un hombre particular (por
más sagrada que fuere), sino la vida y
diálogo de todos los seres humanos, el
proyecto de reino (comunicación universal)
que él ha ofrecido. Desde aquí se entiende
la importancia de su resurrección. Jesús
había proclamado e iniciado en nombre de
Dios el reino de la comunicación universal.
Pues bien, Dios le ha recibido y respondido,
de manera que ese diálogo de comunicación
universal no ha fracasado su la muerte, sino
todo lo contrario: ha culminado en ella,
porque Jesús ha mantenido su palabra y Dios
le ha resucitado, de manera que en la línea
de la Palabra de Jesús puedan comunicarse
todos los humanos. La pascua de Jesús es por
tanto el triunfo de la comunicación.
Por medio de la pascua, Dios ha ratificado
el evangelio de la apertura universal de
Jesús, de manera que quien quiera seguir su
camino ha de hallarse dispuesto a que le
maten; pero el mismo Dios (fuente de
comunicación sobre la muerte), acoge a
quienes mueren de esa forma. El camino de
Jesús continúa, pues Dios asume su proyecto
de apertura universal y diálogo, a partir de
los pobres.
Ésta es
apertura
universal y diálogo, a partir de los pobres.
Ésta es la verdad, la novedad fundante, de
la experiencia de la pascua: el amor a los
demás tiene sentido y triunfa por la Cruz.
El cristianismo se define así como victoria
de la comunicación sobre la muerte (en medio
de la muerte). El gesto de Jesús que se deja
matar manteniendo su proyecto de reino es
principio y centro del evangelio22.
5. Dios es comunión: Trinidad
La experiencia pascual permite conocer al
mismo Dios y definirle como la comunicación
fundante y fundadora, en formas de encuentro
personal (=trinidad).
A partir de la experiencia pascual (=Dios ha
resucitado a Jesús), los cristianos afirman
que Dios es comunicación (donación mutua y
revelación, amor intra-divino y efusión de
amor extra-divino). No hay primero un Dios
en si (más allá de toda comunicación, como
puro misterio insondable) y después una
comunicación de Dios, que se revela porque
así lo ha decidido. De manera sorprendida y
gozosa, los cristianos han traducido el
mensaje de Gen 1, 1 (en el principio.) en
claves de «comunicación racional» intra-divina,
diciendo que «en el principio era la
Palabra…», de manera que Dios mismo es
Palabra ( Jn 1, 1), es decir,
comunicación de vida. De esa forma, el «yo
soy el que soy» de Ex 3, 14 se traduce y
expresa en forma «tú eres mi Hijo» (Mc 1,
9-11), en claves de comunicación de amor.
Judíos y musulmanes
siguen dejando a Dios en el silencio, como
Nombre que no puede nombrarse (YHWH),
Voluntad que no puede influirse ni cambiarse
(de manera que sólo podemos someternos a
ella (Islam). Por eso, ellos extienden en
torno a Dios un manto de silencio,
situándole más allá de todas las palabras:
no sabemos quién es, ante lo desconocido
estamos. Los cristianos, en cambio,
creemos que Dios es Comunicación. No
conocemos simplemente lo que hace, sino que
le conocemos a él, en el misterio de su
realidad inabarcable: es Padre que ama al
Hijo, Hijo que responde al Padre, Comunión
de amor o Espíritu Santo. Así decimos que
Dios es Comunicación: no comunica «verdades»
sobre sí, sino que se comunica él mismo.
Desde ese fondo decimos que Dios es
Trinidad, en forma de «perijóresis» o
Comunicación personal, como «baile»
incesante de comunicación y vida: Palabra
que se da gratuitamente (Padre), que se
acoge en amor (Hijo) y se comparte (Espíritu
Santo). Esa misma Comunicación, que es
Trinidad, se expresa y actualiza en la
Pascua de Jesús, de manera que nosotros, los
humanos, nos introducimos por ella en el
misterio original de lo divino. No es que
Dios nos regale algo externo, sino que él
mismo se regala, introduciéndonos en su
diálogo de vida, de manera que nosotros
podemos vivir y vivimos también si nos
comunicamos.
Dios no es silencio cerrado en sí mismo, ni
poder miedoso, ni fuerza que se impone… No
es tampoco envidia ante nosotros, ni juicio
autosuficiente, ni egoísmo del que quiere
mantenerse separado. No es alguien por
encima, como Señor que nos obliga a
someternos a su fuerza, sino que es el
milagro de la comunicación gratuita en la
que somos (con la que nos identificamos,
pues sólo somos aquellos que comunicamos).
Los cristianos se han sentido gratificados y
enriquecidos por este Dios de Jesús que
viene a presentarse ante ellos como
principio y sentido de comunicación
gratuita, universal, salvadora, en el
Espíritu. Así decimos que creer en Dios es
creer en la comunicación, vivir en fe que se
funda en el misterio pascual y se abre a
todos los humanos23.
6. Iglesia y comunicación
El Dios de la pascua de Jesús, expresado
como Espíritu Santo, suscita una iglesia o
comunidad de creyentes que comparten la
palabra y la expanden de forma misionera.
Iglesia es la comunidad de aquellos que,
creyendo en la palabra de Jesús resucitado,
pueden compartirla y celebrarla en medio de
la historia (como historia). No les vincula
ya una raza, la historia pasada de un pueblo
o algún tipo de intereses materiales, sino
la misma palabra de Dios, encarnada en
Jesús. Creer en Dios significa creer en la
Palabra que vincula a los humanos en un
mismo proyecto de vida compartida. En ese
sentido, creer es vivir en comunicación
personal, de tal forma que sólo pueden
llamarse cristianos aquellos que, creyendo
en Dios, se creen unos a otros y se
comunican la vida, en gesto de pan y vino
(amor) compartido, es decir, de eucaristía.
La Iglesia es, según eso, una «comunión de
comulgantes», es decir, de comunicantes. Es
la comunión aquellos que creen en la palabra
de Jesús que les vincula, enriqueciendo a
cada uno en su comunión con los demás, de
manera que todos puedan compartir el mismo
camino, dándose la vida unos a otros. Por
eso decimos que la Iglesia es esencialmente
misionera (cf. Mt 28, 18-20), no para
introducir a otros en el propio grupo (y así
«ganar adeptos»), sino para que todos los
hombres y mujeres de la tierra puedan vivir
en comunión. La Iglesia no es una
institución para sí, sino que está al
servicio de la comunicación universal. Por
eso, podemos afirmar que ella sólo cree en
la Palabra en la medida en que la vive y la
ofrece a todos, haciéndose espacio y camino
de diálogo, no para que los demás se hagan
cristianos (en sentido confesional), sino
para que todos puedan vivir y vivan en
comunión, superando el riesgo de
«instrumentalización», es decir, de dominio,
de opresión y división en que vive
actualmente la humanidad, como hemos puesto
de relieve en el apartado anterior de este
trabajo24.
7. El dogma cristiano
El contenido de la comunicación (Dios es
Trinidad, Cristo ha resucitado) se
identifica con el principio, camino y meta
de la misma comunicación eclesial.
Como venimos indicando, el principio de la
comunicación religiosa (¡hay
Dios!,
¡Dios es Cristo!)
se expresa y expande en la acción del
proceso comunicativo, de manera que el Logos
de Dios (Dios es Palabra) se encarna en la
palabra que los hombres «son» al decirse. En
ese sentido, podemos afirmar que el Logos de
Dios (=Jesús) no se expresa en forma de
teoría (teología racional), sino en forma de
realización vital (comunicación teológica
y/o humana). De ese modo, el evangelio no es
algo que está fuera de la comunicación sino
fuente y sentido de esa misma comunicación o
diálogo universal. No hay primero verdad y
luego diálogo, pues la verdad es el mismo
diálogo.
Al hablar así, no quiero inventar ninguna
teología nueva, sino recuperar la más
valiosa tradición teológica, desde la visión
de los
Padres Alejandrinos
(como Atanasio y Cirilo, que entendieron a
Jesús como Logos o Palabra de Dios), hasta
algunos
teólogos de la liberación
(que entienden la palabra de Jesús como
poder de transformación social).
Aquí podrían contraponerse dos perspectivas.
(a)
Algunos teólogos y analistas culturales
siguen suponiendo que la fe existe de forma
independiente,
como depósito de dogmas o verdades que se
aceptan por revelación/autoridad. En esa
línea, añaden que la fe existe, que la
verdad se encuentra preparada, y que sólo
hace falta comunicarla, en un segundo
momento, en gesto de información (se dicen
verdades) y de testimonio personal. Eso
significaría que la fe tendría sentido y
consistencia (realidad) en sí misma, fuera
de la comunicación creyente. Tendríamos ya
la verdad; deberíamos aprender a
comunicarla. (b)
En contra de eso,
pienso que el contenido de la fe cristiana
no puede separarse de su comunicación
(pues el mismo contenido es comunicación/
comunión).
En otras palabras, la fe cristiana sólo
existe y puede expresarse en forma de
comunicación, es decir, de diálogo
interhumano (y con Dios). Por eso, el
problema no está en comunicar una fe que ya
existe (guardada en un tipo de depósito
sagrado), sino en la misma comunicación que,
como venimos indicando, se identifica con la
misma fe cristiana (y en el fondo con la
misma humanidad, pues la humanidad es una
forma de comunicación).
No hay humanidad y después comunicación; no
hay cristianismo y luego diálogo, pues
humanidad y cristianismo son esencialmente
«comunicación». Desde ese fondo, y
situándome ya en un contexto cristiano, debo
afirmar que la Iglesia es una
comunidad comunicativa,
una comunidad cuya tarea y meta consiste en
comunicarse, es decir, en el despliegue y
surgimiento de una comunicación gratuita,
esperanzada, universal, que permita que los
hombres y mujeres vivan y tengan futuro como
humanos. Eso significa que no puede hablarse
de una verdad cristiana de tipo
«ontológico», fuera del camino del amor, del
diálogo de la comunión, pues sólo el amor
mutuo (la comunicación de vida) es la verdad25.
Conclusión
Muchos piensan que existe actualmente en
Europa (y en el mundo) una crisis de
comunicación religiosa. Pues bien, en esa
línea he querido decir que no hay crisis de
«comunicación» (como si hubiera buena
religión, pero no supiéramos cómo decirla y
venderla en el mercado universal de la
modernidad), sino de cristianismo. Son
muchos los que piensan que la racionalidad
moderna ha convertido el ser en capital y la
palabra/logos en mercado. Pues bien, en
contra de eso, volviendo a las raíces de lo
cristiano, he querido decir que el hombre no
es capital ni mercado, sino vida en
comunión. Desde ese fondo digo que la crisis
cristiana puede ser momento de renacimiento.
En contra de los que afirman que el tiempo
de la religión ha terminado, me atrevo a
decir que el tiempo de la verdadera religión
está comenzando. Lo que ha podido terminar
ha sido un tipo de religión «ontológica»,
separada de la comunión/comunicación vital.
Precisamente ahora, en un tipo en que parte
de la humanidad corre el riesgo de caer en
manos de un racionalismo de imposición y
mercado, puede y debe desplegarse en su
verdad el ser humano, como religión, es
decir, comunicación gratuita de vida.
Existen, sin duda, otras formas de expresión
la religión/ comunión, de manera que ellas
deben dialogar entre sí. Pero nos parece que
el cristianismo puede y debe ofrecer su
experiencia en este mundo nuevo.
No somos futurólogos, no queremos ser
profetas.
No conocemos el futuro, que está en manos de
Dios y de la creatividad histórica y utópica
de los humanos. Pero sabemos que el camino
está abierto y hemos podido trazar unas
sendas, que no van perdidas en el bosque de
los círculos viciosos de la fatalidad, sino
que nos dirigen hacia la culminación
positiva de un amor que comunión de vida.
De esa forma, se abre ante nosotros una
utopía de comunicación, un reto humano, una
invitación cristiana. Ciertamente, para los
cristianos existe Dios, pero este no es un
Dios que se halla fuera de la comunicación,
sino dentro de ella, tal como ha venido a
revelarse en Cristo No podemos buscarle
arriba, fuera, en un espacio resguardado de
trascendencia, sino en la misma acción
comunicativa del amor mutuo entre los
creyentes, entre todos los humanos.
Desde este fondo cobran su unidad de las
tres partes de este ensayo. (1) He
presentado la razón (y la religión) en
claves de comunicación. (2) Después he
trazado los cuatro momentos principales de
la crisis de lo humano, que era crisis del
sistema y del proceso comunicativo, para
retomar mejor el origen (vuelta a la madre)
y para trazar mejor el camino (superar la
razón impositiva y discriminadora, que
impide la comunicación humana). (3) Así he
podido presentar el cristianismo como
religión de la comunicación.
En ese contexto puedo añadir que hay un sólo
ser humano, pero que se puede hablar de dos
tipos de razón.
(a) Hay una razón realista, que se ha
expandido básicamente desde Europa y que
tiende a expresarse en forma de «sistema»,
una razón que ha logrado unos avances
espectaculares en el campo de la ciencia y
del dominio del mundo y en la producción de
bienes de consumo. Ésta es la razón técnica,
que se despliega en forma de «capital» y se
articula en forma de «mercado», en claves de
dominio y de sometimiento. (b) Pero hay
también una razón de la vida, que
preferimos llamar «razón comunicativa», que
no sirve para fabricar cosas y tener objetos
(capital), sino para vivir, compartiendo la
vida. En este nivel de la vida, que es
comunicación, no existe más «capital» que lo
que se da (el don de sí), ni más mercado que
la comunicación gratuita de la vida, sin
imposición de nadie, sin sometimiento.
Cerrada en sí misma, la primera razón
conduce a la muerte de lo humano, como ya
hemos destacado. El hombre es aquel ser que
puede «morir» (matarse) de éxito.
Precisamente allí donde el capital es más
grandes y el sometimiento más riguroso y el
mercado más libremente abierto al dominio de
algunos nos acecha el demonio de la muerte.
Esta razón realista y triunfadora corre el
riesgo de acabar absolutizando unas formas
de relación que están al servicio del puro
poder, sin humanidad de fondo, pero así
terminar en la muerte. Ésta es una razón
cansada y violenta, la razón de un poder que
se puede acabar convirtiendo en principio de
muerte (ya hemos aludido a la bomba atómica
y biológica, a la bomba del sometimiento
humano).
Por eso, a fin de que la primera razón no
nos destruya, tenemos que destacar la
razón de la vida (que se sitúa en el
nivel de eso que suele llamarse «el mundo de
la vida», un mundo que no puede
racionalizare en forma de capital o
sistema). Pues bien, en ese mundo de la
vida, que es el mundo de la comunicación
gratuita, se sitúa el cristianismo, que aquí
hemos entendido como experiencia sagrada de
comunicación personal y social. Esta razón
de la vida (de tipo personal, gratuito,
utópico) debe encarnarse en el realismo
concreto de las relaciones sociales, de las
condiciones culturales y económicas,
afectivas y sanitarias de los hombres y
mujeres. Pero no puede nunca cerrarse en ese
«realismo», para sacralizar una de sus
formas (como han hecho a veces algunas
iglesias establecidas), sino que debe abrir
espacios y caminos de comunicación gozosa y
gratuita, en la línea de un amor que nos
desborda (que Jesús llamaba el «reino de
Dios»).
Nosotros, europeos, hemos desarrollado más
la «razón realista», exportándola a todo el
mundo, con la ciencia, el capitalismo y la
civilización del consumo. Pero no podemos
olvidar que, como herederos de un tipo de
cristianismo (y de otras tradiciones
religiosas), podemos y debemos desarrollar
las potencialidades de la «razón gratuita de
la vida», es decir, de la comunicación
cristiana. No se trata de comunicar unas
verdades especiales en el gran supermercado
de la comunicación deshumanizada, sino de
ser comunicación, dentro de una humanidad
que sólo podrá sobre-vivir allí donde la
vida se acoge, regala y comparte de un modo
gratuito.
NOTAS
1
Ya a principios de este siglo XX, A. AMOR
RUIBAL, Principios fundamentales de la
filosofía y el dogma I-X, Santiago de
Compostela S/A había intuido que toda
realidad es relación y/o comunicación. Desde
ese presupuesto construyó X. Zubiri su
tratado Sobre la esencia. Madrid:
Nacional, 1962. Lo que esos y otros autores
ofrecían en germen ha sido desarrollado de
forma consecuente por algunos representantes
de la nueva antropología cognitiva, cf. D.
E. RUMELHART y J. L. MCCLELLAND (eds.),
Introducción al Procesamiento Distribuido en
Paralelo. Madrid: Alianza, 1992.
2
Parto X. ZUBIRI, «La dimensión histórica del
ser humano», Realitas 1, 1974, pp.
11-70.
3
El budismo
ha tendido a interpretar la utopía de una
forma supra-cósmica (superación del deseo).
El racionalismo consecuente la
entiende como proceso o despliegue de las
potencialidades de la misma historia. El
cristianismo vincula un elemento
racional (histórico) y otro supracósmico (la
utopía del Reino de Jesús).
4
Sobre los grados de la realidad, y sus
relaciones, cf. N. HARTMANN, Ontología
(1935). Sobre la relación entre
naturaleza y gracia, en perspectiva
cristiana, han dicho lo esencial H. de
LUBAC, Surnaturel. Paris: Aubier,
1946 (1965); K. RAHNER,«Sobre el concepto
escolástico de la gracia increada»:
Escritos de teología I. Madrid: Taurus,
1967, pp. 351-380. He desarrollado el tema
en Violencia y diálogo de religiones.
Santander: Sal Terrae, 2005.
5
He aludido a K. RAHNER, Oyente de la
palabra,Herder, Barcelona 1967,
superando su transcendentalidad.
6
He estudiado el tema en Hombre y mujer en
las religiones. Estella: EVD, 1996, pp.
19-21. La vuelta al mito de la madre
originaria inspira parte de la antropología
contemporánea, desde. M. GIMBUTAS, The
Civilization of the Goddess. San
Francisco: Harper, 1991 y R. EISLER, El
cáliz y la espada. Santiago de Chile:
Cuatro Vientos, 1994 hasta P. SLOTERDIJK,
Esferas I-II. Madrid: Siruela, 2003.
7
«La guerra es común a todas las cosas…». «Es
padre y rey de todas las cosas: a unos los
muestra dioses y a otros hombres, a unos los
hace esclavos y a otros libres» (Fragmentos
80 y 53). He estudiado el tema en
Antropología Bíblica, BEB 80. Salamanca:
Sígueme, 2005; cf. también R. GIRARD, El
misterio de nuestro mundo. Salamanca:
Sígueme, 1982. Entre estos dioses masculinos
destaca Marduk, Señor de Babilonia,
representante de los hijos matricidas: es el
varón que doma a la mujer, el soldado que
impone el orden «racional» en la ciudad or
la guerra. Ciertamente, Marduk y los dioses
patriarcales suscitan un espacio de
comunicación (nación, ciudad), pero lo hacen
a través de la violencia. Sobre los dioses
triunfadores, en perspectiva indoeuropea,
cf. G. DUMÉZIL, Mitra-Varuna. Paris:
PUF, 1959; Les Dieux des Indo-européens.
Paris: PUF, 1959.
8
Para una discusión del tema cf. R. GIRARD,
La violencia de lo sagrado.
Barcelona: Anagrama, 1982. Reinterpretación
de su postura en L. SCUBLA, «Contribution à
la théorie du sacrifice», en M. DEGUY y J.
P. DUPUY, R. Girard et le problème du
mal.
Paris: Gras-set, 1982, pp. 103-168. Ofrezco
una visión de conjunto del tema en
Violencia y religión en la historia de
occidente. Valencia: Tirant lo Blanch,
2006.
9
Cf. K. JASPERS, El origen y meta de la
historia. Madrid: Alianza, 1981. De un
modo u otro, entre el VII y IV a. C.,
Zoroastro y Buda, brahmanes y profetas de
Israel, sabios chinos y filósofos de Grecia
han criticado a los dioses precedentes
(patriarcales), acusándoles de inmorales,
inexistentes o irracionales, según los casos
10
Lo modelos de racionalidad y diálogo
religioso de las culturas post-axiales
siguen siendo masculinos. Ciertamente, no se
puede desandar el camino del tiempo-eje,
pues la humanidad en su conjunto ha superado
el nivel de la naturaleza y volver a ellas
sería retroceso. Sin embargo, tampoco
podemos sacralizar las «conquistas» del
tiempo eje y de los grandes pueblos
triunfadores, como si ellas fueran expresión
de algo definitivo.
11
La experiencia cristiana,
apoyada en el fondo israelita, destaca el
valor de la encarnación, o revelación
de Dios en el proyecto de reino de Jesús, es
decir, en un camino de comunicación humana.
12
Los judíos ponen más de relieve al
pueblo, entendido como espacio de
comunicación. Los musulmanes destacan
la importancia del Corán como revelación de
la voluntad de Dios. Para los cristianos, el
principio de la comunicación humana y
religiosa se identifica con una persona (
Jesús) que está presente en todas las
personas.
13
La racionalización es en sí misma buena,
pero resulta peligrosa allí donde se vuelve
impositiva: razón dominadora frente al mundo
(riesgo de destrucción ecológica) y razón
destructora frente a los perdedores del
sistema (una mayoría de personas quedan
fueran de los círculos de comunicación de
los poderes establecidos).
14
Así lo ha mostrado, a mi entender, Ap 13,
como he señalado en El Señor de los
ejércitos. Madrid: PPC, 1997 y en mi
lectura de El Apocalipsis. Guías del NT.
Estella: EVD, 1998. He ofrecido una
relectura del tema en clave de comunicación
en «Poder perverso, información mentirosa»:
Retos de la Sociedad de la Información.
Homenaje a M. T. Aubach.
Bibl. Salmanticensis, 187. Salamanca:
UPSA, 1997, 321-339. Cf. S. R. F. PRICE,
Rituals of Power: The Roman Imperial Cult in
Asia Minor.
Cambridge: UP 1984.
15
Quizá por vez primera en la historia, las
grandes religiones (por lo menos el
cristianismo) pueden presentarse como
aquello que son: formas simbólicas de
expresar y potenciar la comunicación
profunda, abriendo un camino de vida (de
cielo, de nirvana) par los seres humanos.
Ciertamente, ellas son diferentes entre sí y
no pueden identificare unas con otras. Pero,
en contra de aquellos que las toman como
folclore o signo de irracionalidad, donde
todo da lo mismo porque es arbitrario, ellas
poseen una profunda coherencia y
racionalidad comunicativa. Pienso que ellas
son la más honda experiencia de
comunicación. Una y otra vez, los grandes
racionalistas, de Goethe a Kant, de
Feuerbach a Hegel, de
M. Weber a Habermas, han tendido a decir que
lo que antaño ofrecía la religión lo
garantizan ahora otras formas de cultura: el
arte y la filosofía, la ética racional y la
sociología… En contra de eso, quiero
defender el carácter específico de la
aportación religiosa (cristiana) en el campo
de la comunicación, pues ella ofrece una
experiencia de gratuidad y utopía, de
encuentro con Dios y de esperanza pascual
que no pueden traducirse ni encerrarse en
moldes puramente racionales.
16
Reconozco mi deuda con J. HABERMAS,
Teoría de la acción comunicativa I-II.
Madrid: Taurus, 1988, pero la visión que
propongo es distinta de de la suya.
17
Cf. especialmente P. BERGER, Para una
teoría sociológica de la religión.
Barcelona: Kairós, 1971; Th. LUCKMANN, La
religión invisible. El problema de la
religión en la sociedad moderna.
Salamanca: Sígueme, 1973.
18
He estudiado el tema en El Fenómeno
Religioso, Trotta, Madrid 1998.
19
He desarrollado el tema en Dios judío,
Dios cristiano. EVD, Estella 1996.
Visión distinta del mesianismo y
universalismo futuro del judaísmo en F.
ROSENZWEIG, La estrella de la redención.
Salamanca: Sígueme, 1997.
20
Desde este fondo vinculamos acción
comunicativa y utopía mesiánica. Frente
a otros tipos de racionalidad que corrían el
riesgo de volverse dictatoriales (imponer
una verdad previa, por encima del diálogo
humano), el modelo de acción-razón
comunicativa de Jesús se expresa en claves
de gratuidad. La misma actividad
comunicativa de Jesús se abre a una utopía
de gracia (don de Dios) que le desborda. De
esa manera, el evangelio cristiano puede y
debe interpretarse como revelación plena de
un Dios que es «comunión» y comunicación de
vida.
21
Así lo he puesto de relieve en Dios es
Palabra. Teodicea cristiana. Santander:
Sal Terrae, 2004.
22
Según eso, el cristianismo se define como
experiencia de comunicación que supera la
muerte. Precisamente aquí, en el lugar donde
Jesús muere por defender su proyecto de
universalidad y donde Dios le resucita,
haciéndole principio de comunión para todos
los humanos, recibe su sentido y plenitud el
evangelio. Así lo he destacado en Este es
el Hombre. Historia de Jesús. Valencia:
Tirant lo Blanch, 2007.
23
Sobre el «silencio» del Dios judío, que no
se puede nombrar, en su diferencia frente al
Dios cristiano que es comunicación, cf. A.
CHOURAQUI, Moisés.
Barcelona: Herder, 1977. Cf. también D.
MASSON, Monothéisme coranique et
monothéisme biblique. Doctrines comparées.
Paris: DDB, 1976. Sobre Dios como «perijóresis»
o baile trinitario trata parte de mi
Enchiridion Trinitatis, Secretariado
Trinitario, Salamanca 2005.
Hemos desarrollado el tema en X. PIKAZA y V.
HAYA, Diccionario de las Tres Religiones.Estella:
Verbo Divino, 2008.
24
El cristianismo no condena a las otras
religiones, ni quiere destruirlas o
convertir a sus creyentes por la fuerza
(para que sean cristianos), pues la fuerza
es lo contrario a la comunión universal del
evangelio. La verdad del cristianismo es su
oferta de comunión; por eso, todo intento de
imponer el evangelio sin comunión, sin
diálogo de amor, es contrario a la misma
verdad del cristianismo. Un cristianismo que
eleva su verdad sobre las otras religiones
no es cristiano, una iglesia que condena los
restantes cultos no es iglesia. Como signo
de esa comunicación universal abierta en
Cristo puede expandirse y se expande la
iglesia, ofreciendo un hogar de acogida y
afecto, de amor y palabra para todos los
humanos. Por eso decimos que la Iglesia es
una y católica, siendo espacio e impulso de
comunión universal, en diálogo con todas las
religiones y culturas, al servicio del Reino
de Dios que, como hemos vito, no es la
Iglesia institución, sino la comunión vital
(no puramente espiritualista o religiosa) de
todos los hombres y mujeres.
25
El cristianismo tiene aspectos
informativos (que se pueden codificar y
aprender, en forma impersonal, incluso en un
manual de teología). Pero la verdad del
evangelio no es información, sino
comunicación personal: no transmite
saberes o noticias, sino que ofrece y
comparte unas «formas» de vida en encuentro
personal, en diálogo afectivo (el amor de
Dios sólo se expresa y realiza en el amor al
prójimo) y en búsqueda compartida de la
vida.
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