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 Artículos: Nº 5

Estructuras  de conocimiento y comportamiento de observación en la construcción  de la antropología  como ciencia cognitiva.

H.B. Lahitte M.A. Bacigalupe

 

Resumen

En el presente trabajo se propone discutir los aspectos teórico-epistemológicos que dan cuenta de la importancia fundamental de la consideración del rol del observador en la construcción del conocimiento, asumiendo la perspectiva de discusión que ofrece la antropología cognitiva. Es abordado el término Ümwelt como mundo sensoperceptivo propio, relacionándolo con el concepto de cognición y con la problemática de la validez de los estudios antropológicos. Finalmente son propuestas algunas vías de salida al dilema de la validez y planteadas algunas cuestiones como posibles hipótesis de trabajo.

Abstract

This work intends to discuss the epistemological-theoretical aspects that give count of the relevance of the observer's role in building knowledge. The subject is discussed from the cognitive anthropological perspective. It is seen the concept of Ümwelt as the sensoperceptive world of the individual and it is related to the concept of cognition and the problematic of the validity of the anthropological studies. Eventually it is proposed some ways to solve the dilemma of the validity and posed some questions as working hypothesis.

Key words:Observer's behavior. Theory. Cognition.
Estado de conocimiento y caracterización del tema

La pregunta acerca del basamento teórico de una disciplina científica, sea cual fuere, constituye una cuestión esencial en la formación del investigador u observador. Esto debe entenderse como la necesidad de una indagación continua acerca del propio rol en la construcción del conocimiento científico, los principios fundantes y las pautas que, implícita o explícitamente, dirigen la acción.

Aunque generalmente entendida como teoría del conocimiento científico, la epistemología constituye una disciplina y un hacer que no se limita a las fronteras de la ciencia, abarcando un sentido más amplio que incluye tanto la pregunta acerca de cómo sabemos aquello que sabemos y la cuestión referida a cómo se conoce, cómo se piensa y se decide (Bateson, 1981, en Lahitte, 2005a). En este sentido, la epistemología es parte necesaria de la esfera de incumbencia del científico en tanto la esfera del hacer no está disociada de la esfera del conocimiento e ideas que orientan esa acción.

La antropología cognitiva, como disciplina científica, ha sido constituida con el objetivo de estudiar prácticas culturales desde la consideración de los procesos cognitivos subyacentes (Gardner, 1987). Asumiendo que cada individuo o grupo tiene un sistema de percepción y organización del mundo-entorno que le es propio, esta disciplina se dedica a indagar acerca de cómo las personas organizan y hacen uso de su cultura, intentando descubrir los principios que subyacen al comportamiento y la forma en que la mente humana organiza los fenómenos materiales.

El estudio de la cognición como proceso de construcción subjetiva, intersubjetiva y cultural constituye, entonces, el hacer de la antropología cognitiva, y, como tal, encuentra en la epistemología su fundamento primario. 

Es posible pensar al menos dos perspectivas acerca del hecho de observación. Tradicionalmente se asume que el hecho de observación excluye al observador, investigador neutro, quien plantea sus hipótesis sobre la base de presupuestos teóricos. Sin embargo puede también partirse de la premisa relacional que reza que todas las ideas surgen de la relación observador-observado, por lo cual el hecho de observación incluye necesariamente al observador.

Desde esta última posición surge, como derivación, la pregunta acerca de la validez de los estudios antropológicos. Si el investigador interesado en el estudio de los procesos cognitivos de los sujetos objeto de observación es él mismo un sujeto, su proceso de indagación puede hacerse, solamente, a través de sus propios mecanismos de cognición.

Un investigador preocupado por el rigor de su propio hacer como científico no podrá menos que cuestionarse, a partir de esa situación, cómo salir de el círculo vicioso de una práctica autorreferencial que puede conducir a un conocimiento sesgado y, por ende inválido. Sólo indagando en las raíces epistemológicas de la disciplina podrá visualizarse una salida al dilema que permita reconstruir el problema a través de la producción de un círculo virtuoso (Vollmer, 1988).

Lo anterior sugiere la necesidad de una revisión de la objetividad en ciencia vinculado al análisis del concepto de Ümwelt como mundo sensoperceptivo del sujeto epistémico.

Ümwelt  y reconocimiento sensorial

Jacob von Uexküll (1928, 1938) (Wuketits, 1990; Clark, 1999) sugirió que existen mundos diferentes en cada organización viviente, esto es, los distintos animales viven en diferentes mundos, cada uno con su propio medioambiente específico o Ümwelt, construido sobre la base de sus propios órganos perceptuales y según los distintos aspectos del mundo a los que están adaptados:

"El mundo entero y rico que rodea a la garrapata se encoge para convertirse en un mundo austero que consta, en esencia, de tres señales de recepción y tres señales efectoras: su Ümwelt. Pero la pobreza misma de este mundo garantiza la indefectible certeza de sus acciones: la seguridad es más importante que la riqueza." (von Uexküll, 1934:11-12, en Clark, 1999:64)

La idea de un nicho ecológico propio, o mesocosmos (mesocosm), particular nicho cognitivo de la especie, adquiere pleno sentido a partir de ese concepto del medio como Ümwelt.

Desde la perspectiva de la epistemología evolutiva (Vollmer, 1988) nuestras formas de la intuición y categorías de la experiencia, las cualidades de nuestras percepciones, y los elementos básicos de inferencia, clasificación, abstracción, son innatas (aunque filogenéticamente a posteriori), ontogenéticamente a priori y constitutivas para el conocimiento mesocósmico. Es representativa de esta posición epistemológica la frase de L.v. Bertalanffy que señala que cada sujeto "is surrounded, as by a soap bubble, by its specific ambients, replenished by those characteristics which are amenable to it" (L.v. Bertalanffy, 1973, en Wuketits, 1990: 89).

También alineado en las filas de la teoría evolutiva del conocimiento, el etólogo Kornrad Lorenz (1913-1989) ha ilustrado la perspectiva acerca de la relación epistémica del sujeto para con su mundo de la siguiente manera:

"Las «gafas» de nuestras formas del pensamiento y de la intuición, como la causalidad, la substancialidad, el espacio y el tiempo, son funciones de nuestra organización neurosensitiva, la que surgió al servicio del mantenimiento de la especie. A través de esas gafas no vemos, por tanto, como pretenden los partidarios del idealismo trascendente, una deformación imprevisible del ente en sí, desprovista de todo tipo de analogía y de «relación objetiva» con la realidad, sino una imagen real del mismo, pero, eso sí, una imagen que ha sido simplificada de un modo radicalmente utilitario: hemos desarrollado únicamente un «órgano» para aquellos aspectos de lo existente en sí, ante los que resultaba tan importante para la vida de nuestra especie el establecer una relación adecuada, que una presión suficiente por parte de la selección provocó la formación de ese órgano especial." (Lorenz, 1973:17, en Wuketits, 1984:22)

Este pasaje sugiere que nuestros procesos de la percepción nos son en cierta medida inaccesibles, teniendo mejor conciencia de sus productos como instrumentos necesarios para nuestra supervivencia.

Gregory Bateson (1993) ha puesto esa cuestión como punto de partida de una epistemología empírica, asumiendo, por un lado, que el observador no tiene conciencia de los procesos de construcción de las imágenes que concientemente ve, y, por otro lado, que en estos procesos inconcientes aplica un conjunto de presupuestos que se incorporan a la imagen construida.

Son nuestros cerebros los que construyen las imágenes que percibimos, dirá Bateson (1993), citando el dicho de Alfred Korzybski que reza que el mapa no es el territorio y el nombre, la cosa nombrada. La experiencia de lo exterior está inevitablemente mediada por determinados órganos sensoriales y vías neurales y "En tal medida, los objetos son creación mía, y mi experiencia de ellos es subjetiva, no objetiva" (Bateson, 1993:42).

Este acto creativo que se denomina percepción siempre capta relaciones, configuraciones, nunca datos aislados y absolutos (Wolfgang Köhler, 1948). Distinguiéndola de lo que un ordenador puede realizar, Konrad Lorenz (1986) señala que la percepción gestáltica es un aparato de elaboración que es capaz de admitir una cantidad enorme de datos aislados, registrar sus interrelaciones y abstraer las regularidades inherentes a esas relaciones. Estas Gestalten poseen la capacidad de descubrir leyes imprevistas y cuenta con una  memoria retentiva extraordinariamente duradera.

Si es nuestro aparato perceptual el que construye las imágenes del mundo que estudiamos, esto es, si las reflexiones del investigador cognitivo  están influida por su propio comportamiento de observación, que comporta necesariamente cognición, surge la pregunta, citando oportunamente a Köhler, acerca de "¿a qué se debe que nos sintamos tan inclinados a atribuir a los otros experiencias similares a las que tenemos nosotros?" (Köhler, 1948:190). Esta constituye una de las preguntas centrales del antropólogo cognitivo en el hecho de observación (Lahitte et al, 1989).

La problemática de la existencia de Ümwelten  singulares deriva en el cuestionamiento de la validez de la construcción del "otro" a través de la conducta de observación como herramienta fundamental del conocimiento antropológico. 

La construcción del conocimiento científico mediante la observación del comportamiento

Desde la perspectiva adoptada en este trabajo, el conocimiento científico es el producto acumulado de una actividad sistematizada, el hacer ciencia, en la cual sujeto cognoscente y objeto (o sujeto) a conocer son parte de un mismo sistema de construcción del saber científico.

Llegado este punto, es necesario discutir la posibilidad de construcción de un conocimiento del cual el observador forma parte mediante su conducta de observación.

Es posible pensar a la ciencia como un campo de conocimiento, pensamiento y acción acotado por sus propias reglas de funcionamiento que constituye una Ünwelt dada, como mirada particular de la realidad con sus propios presupuestos y su historicidad. De este modo podría asumirse que en las denominadas revoluciones científicas estarían en juego Ümwelten cuyo nivel de inconmensurabilidad (Kuhn, 1989) las hiciera irreconciliables.

Dicho esto, surge que para el antropólogo que observa el comportamiento del "otro" es necesario recalcar que "ser científico" implica compartir un modo de pensamiento y de acción que lo define como ser de algún modo, y que ese es un modo particular de ser a través de cuyos conceptos es capaz de "ver" u "observar".

Este "ver", según Hanson (1985), implica que cada investigador o cada comunidad científica posee una imagen de la realidad que representa una construcción cultural, una Ümwelt, un estilo cognitivo o minsdcape (Maruyama, 1980); es un conocimiento cuyo mayor porcentaje es implícito.

El observador construye, a través de su conducta de observación, un mapa según un patrón cognitivo específico. Cabe, entonces, retomar a Korzybski (Bateson, 1993) en su advertencia de que mapa y territorio no son lo mismo. Lo que hace el observador es realizar un acto de distinción por el cual constituye al "otro" y se constituye a sí mismo como observador del "otro".

Podríamos sugerir que la relación entre el sujeto observador y el sujeto de observación o fenómeno a observar no es lo que los separa sino que constituye la pauta de conexión (Bateson, 1993) que los reúne en un contexto de significación, en un sistema observacional que es, específicamente, un sistema ecomental.

El observador realiza, en tanto sujeto epistémico, una construcción o conceptualización, en realidad, una actividad de co-construcción, en comunión con su medio (Morin, 1992).

Planteado el problema, la modelización del "otro" depende del modo de construir mapas y computar sobre ellos del observador, de su modus operandi como científico, de su cognición.  

Este punto de vista indica que no existen observación e investigación desprejuiciadas, en el sentido de que nuestras "gafas" (Lorenz, 1973) vienen dadas como un a priori ontogenético (aunque a posteriori filogenético): el aparato conceptual de la especie se ha desarrollado mediante el complejo proceso de hominización (Morin, 1992) al servicio de la percepción y está integrado necesariamente por pre-juicios motivados por experiencias filogenéticas.

Es, entonces, el aparato perceptual del sujeto epistémico condición de necesidad del conocimiento. Esto es, no queda opción que reconocer, hacer explícito, que el sujeto conoce siempre y necesariamente subjetividad mediante, sugiriendo que subjetividad y objetividad requieren, antes que una eliminación completa de esta última, una reformulación clara y precisa de sus alcances.

Existen distintas alternativas para pensar esta participación del investigador en el sistema observacional. La explicación cibernética, por un lado, y como opuesta a la lineal determinista, señala la propiedad de recursividad que da lugar a la posibilidad de que el investigador vuelva sobre su propio comportamiento de observación en tanto él y su entorno forman parte del mismo sistema. Sin embargo, puede sugerirse que la explicación recursiva por sí misma no alcanza como recurso de validez pues mientras la cibernética de primer orden trata de sistemas observados o sistemas con el observador excluido, es la cibernética de segundo orden, como otra alternativa posible, la que incluye al observador, considerando que todo sujeto en conducta de observación orienta su accionar a partir de su marco teórico, co-constituyendo su sistema ecomental mientras es parte integrante.

Antropología cognitiva, círculos virtuosos y validez epistemológica

En su hacer científico, el antropólogo cognitivo persigue el reconocimiento de los puntos de observación según los cuales el ens universale es configurado y expresado en cada sociedad, dando como resultado un estilo cognitivo o mindscape, lo cual, cabe aclarar, nunca es igual a identificar la antropología cognitiva con la psicología.

La antropología cognitiva sostiene que, primariamente, no hay un procesamiento individual, mental, independiente del contexto ecocultural. La aproximación cognitiva en antropología, asimismo, no se ocupa de las formas patológicas del pensamiento; por el contrario, trata las configuraciones del pensamiento sobre la base de construcciones, o interpretaciones, igualmente posibles, de las cuales algunas de ellas logran su realización. De este modo, se hace presente un universo mental, una Ümwelt o un mindscape, que habrá de encajar en la pauta de realizaciones características y constitutivas de la sociedad que se trate. Desde este punto de vista, entonces, la patología psiquiátrica es un modo idiosincrático y particular de adaptación; representa la adquisición por el sujeto de nuevas propiedades cuando una condición de equilibrio está alterada (Lahitte, 2005b).

Así, la perspectiva cognitiva de los antropólogos conduce al propósito de entender cómo otras culturas construyen su realidad, lo cual implica aprender a reconocer las propias configuraciones y los estados mentales que las hacen posibles. Fundamentalmente se intenta indagar qué tipos de procesos mentales que conservan la adaptación se originan en circunstancias específicas. 

Semejante cometido puede presentar, para el investigador novato, un desolador escenario: cómo alcanzar un conocimiento antropológico válido.

El reconocimiento de la existencia de un conocimiento que está construido por investigadores cuya percepción y recorte de la realidad sólo es posible a través de su Ümwelt permite sugerir que una tarea científica requiere de la crítica y autoevaluación permanente, explicitando lo máximo posible las operaciones y cadenas de razonamiento puestas en juego en la formulación y re-formulación de lo observado. Esto es, se intenta explicitar la presencia del sujeto que investiga con sus propios deseos e intenciones, asumiendo que toda explicación que no involucre a quien explica no podría considerarse una explicación científica (Lahitte, 2005a).

El investigador del comportamiento requiere tener presente que en ciencia ninguna definición puede pretender tener validez absoluta y a priori, así como que es imperativo erradicar y explicitar no sólo principios implícitos, sino también las valoraciones implícitas en los conceptos básicos. Estando ocultas, jamás conoceremos su incidencia en nuestras percepciones y, por ende, en las conclusiones que de ellas sacamos, construyendo una confirguración sesgada y errónea que pretende ser conocimiento científico.

El pensamiento del antropólogo está socialmente condicionado, indicando de algún modo sujeción, atadura, por lo cual resulta difícil acceder a otros universos de significación. Superar esta dificultad significa recurrir a  un método que permita controlar los valores preexistentes proyectados en toda investigación como acto de vida.

Sin embargo, es el querer entrar a esos universos lo que hace específica la tarea del investigador cognitivo que, aceptando el relativismo cultural, intenta superar las propias limitaciones. De esta forma es capaz de flexibilizar la adhesión a su  sistema de valores original, tanto de orientación como de formación, empezando a admitir otro igualmente legítimo. De no proceder de esta forma no se llega más que a describir la visión que la propia sociedad tiene de la otra sociedad.

Sirve de apoyatura a esta cuestión el problema de una epistemología empíricamente orientada. Vollmer (1988) ha propuesto la existencia de círculos virtuosos como instrumentos metodológicos para resolver las cuestiones de circularidad y autorreferencia que se atribuyen a una epistemología empírica.

Esto es, existen posiciones escépticas frente a una orientación empírica aludiendo a que la misma vuelve circular a la epistemología. Este panorama resulta desolador de no existir la posibilidad de pensar en la existencia de no solamente círculos viciosos sino también de círculos virtuosos. Sin embargo, habiendo abandonado la idea del conocimiento perfecto, no hay problema en comenzar por los hechos empíricos y reconocer que el conocimiento sea imperfecto.

Esto significa que, si hay un círculo, éste no es un círculo vicioso sino virtuoso: representa un bucle de retroalimentación autocorrectiva fructífera, un sistema en el cual se dan propiedades nuevas, ninguna de las cuales aparecía en las partes originalmente, y con efectos que ninguna de las partes individualmente podría haber producido.

Se propone, entonces, la realización de un perpetuo examen crítico en la labor científica: "It is the idea of critical examination which had to replace tha ideas of cognitive certainty, of perfect knowledge, of absolute foundations." (Vollmer, 1988:179)

Este método establece que, si bien no pueden ponerse en cuestión todas las premisas del conocimiento al mismo tiempo, debemos estar dispuestos a examinar una por una a su debido tiempo, con el fin de ser capaces de criticarlas y reemplazarlas si fuera necesario.

Se acuerda, así, con el racionalismo crítico, que propone que nada puede ser excluido del escrutinio y rechazo potencial, ni siquiera los principios más fundamentales de la lógica.

A modo de conclusión

Asumimos que una explicación científica es aquella que pretende reformular el fenómeno a explicar  en su conjunto, tomando la relación como punto de partida y constitución de las partes. Desde esta perspectiva, la epistemología debe ser transdisciplinar (Lahitte et al, 2005).

Es la reflexión epistemológica la que permite plantearse que el observador antropólogo, en su hacer científico, utiliza los recursos cognitivos que la evolución le ha dado y que comparte con su objeto (sujeto) de observación. Sin embargo, esta misma reflexión ofrece la posibilidad de salir de un negativismo escéptico, conduciendo a pensar que, si hay un círculo, éste no es necesariamente vicioso sino virtuoso, un bucle de retroalimentación o feedback loop fructífero, que permite co-construir, generar, conocimiento útil y válido.

Atendiendo a los propios preconceptos, a la idea que del "otro" "nosotros" tenemos, Ümwelt mediante, es como será posible alcanzar un conocimiento antropológico válido, recurriendo constantemente a la autorreflexión crítica y la vigilancia epistemológica.

Es importante, entonces, destacar la importancia de la formación epistemológica del científico cognitivo. La epistemología nos enseña que el mundo y la ciencia están poblados de círculos, que no todo círculo es un círculo vicioso, que muchos círculos no sólo son consistentes, sino, también, fructíferos, productivos, y que éstos son los llamados círculos virtuosos (Vollmer, 1988).

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